Agua Termal

Fer H. Orozco

No sé si es un sueño o una realidad interminable, pero siento que llevo siglos sin coger. Siento, desde los dedos de los pies, hasta la coronilla, un hormigueo de colores que va y viene. Vaivén de colores rojizos, como terracota y naranja, amarillo mostaza, rojo ladrillo, granada y escarlata. Es como si mi cuerpo fuera un cántaro de barro recién salido del horno, de donde ebullen y flotan vapores que encierran recorridos dactilares, saliva, anhelos románticos, encuentros líquidos y deseos … Y cada que imagino la mano de Manuel, Luis, Rodrigo, Víctor, Enrique o cualquiera que sea su nombre en mi piel dispuesta y suave, las líneas que unen y parten mi consciente y mi inconsciente se alinean y forman un cúmulo de pequeñas estrellitas y espirales que se concentran y giran en mi centro. Entonces todo se silencia, florecen luces. Las luces se apagan, las flores se encienden. En el suspiro que me derramo me quemo y me extingo.

Mi cuerpo se vuelve un mar. Un sacrilegio. Se vuelve una caja de Pandora que esconde agua y saca fuego, un lugar recóndito de clavados y placeres secretos. 

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