Carta Editorial Agosto – Lo privado es político

Por Karen Castro

¿Cuál es la distancia entre lo público y lo privado?, ¿Dónde se dibuja la línea entre nuestra vida a puertas abiertas y nuestra vida de puertas cerradas? Y ¿quien tiene derecho a vivirla? La esfera pública históricamente se ha identificado con el lado más humano, racional, lógico y sensato de nuestra especie. Como seres gregarios la especie humana ha buscado un espacio para desarrollar una vida común donde reine el bien público y los “hombres” de manera racional busquen la felicidad y el beneficio propio, camino que conduce a la civilización.

Esta última frase, espero me disculpen, está deliberadamente enmarcada en el género masculino puesto que esta, “la esfera pública”, se ha identificado histórica y casi universalmente con el hombre, en términos biológicos. Ahora bien, la esfera privada es aquella donde el “reino familiar” ocurre, familia como núcleo; es todo aquello que sostiene la esfera pública y que a puertas cerradas parece estar últimamente divorciado de lo racional y público donde se legisla la sociedad.

De esta manera históricamente este reino privado que se identifica generalmente con lo femenino, lo propio, “instintivo” y natural de la mujer, ha sido considerado casi independiente de esta vida publica, inmencionable en algunas ocasiones pero imprescindible en la práctica. Y entonces así se desarrollaron sociedades históricas, donde, universalmente esta esfera privada de puertas cerradas está asignada a la mujer para su gobernanza y enmarcada a ella en sus limitaciones. Pero lo privado también es público, porque no solo ahora sino también entonces, cuándo las abuelas de nuestras abuelas no podían soñar con nada fuera de las cuatro paredes de su casa, también entonces lo publico y su esfera afectaban profundamente a lo privado.

Lo público, que se vuelve político y que parece meter sus manos dentro de la casa, abriendo puertas y ventanas, y más lejos aún, más allá incluso de la cocina, entrando a la alcoba y legislando sobre los cuerpos de las “amas” de este intocable reino, metiendose por dentro de sus entrañas y legislando sobre sus úteros, sobre sus vellos, sobre sus mentes y sobre su identidad. Así, la esfera pública y su política han incidido históricamente no solo en lo privado para gobernarlo sino también, sobre el ser humano que la habita, -la mujer-, para restringirlo.

Lo personal está intrinsecamente afectado por lo público, lo político que se desarrolla públicamente en la esfera dominada por el hombre; y para muestra más que un botón. Mientras que lo público reina sobre lo privado parece ser que las reglas que se gestan en esa esfera reinan sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra maternidad, sobre nuestra sangre, sobre nuestra libertad y nuestra identidad como personas y al mismo tiempo parece ser que lo privado no puede salir de su esfera y llevar de la mano a un esposo o un padre a una corte con moretones en los brazos, o con la falda desgarrada.

Y así esta relación no equitativa de raíces históricas ha permitido a tantos hombres en tantas épocas defender su control sobre las casas que habitan, sobre las manos que planchan y visten y cuidan y limpian y alimentan a los hijos que algún día saldrán allá afuera y podrán decidir sobre sus cuerpos, sus vellos, sus mentes – sus hijos varones- esos hijos que tendrán derecho a esta esfera publica, que podrán legislar después sobre sus madres, hermanas, esposas e hijas y sobre las mujeres que no les deben nada también.

Pero no todo esta perdido, durante los últimos 50 años hemos traído a la esfera pública aquellos problemas que parecían escondidos bajo los muebles, las ollas, los baldes y se negaban a salir; escondidos bajo las sabanas, bajo el algodón que limpia la sangre o el maquillaje que cubre la mancha azul de vergüenza de quien no debe decir ni sentir nada fuera de casa porque no se le ha dado el derecho de hacerlo.

Hemos traido a las calles con pancartas y a los espacios públicos donde ahora convivimos en aparente igualdad con descaro nuestros cuerpos, enteros o mutilados, mallugados o intactos; hemos traído lo privado para gritar con una sola voz -que a veces son dos o tres o cuatro o ninguna, que al final entre más mejor- que lo privado es político y que nuestros cuerpos son nuestros, que nuestro útero y la sangre que sale de él también; que nuestros vellos y donde dejarlos o quitarlos están aquí sobre decision propia y que mi voz ahora aquí afuera y en alto protegerá mi derecho aquí y en casa y el de mi madre y mi hermana y mi hija y mi futura nieta y el de todas las mujeres que vienen detrás.

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