Carta Editorial Enero – Acoso

Por Natalia Ventura

Hace aproximadamente cinco años, cuando me encontraba cursando mis primeros semestres de la carrera en Relaciones Internacionales de la Universidad de Guadalajara (UDG) tuve uno de los encuentros más desagradables con uno de los profesores en plena clase. Nos encontrábamos en plena clase y la dinámica consistía en que el profesor preguntaba a los alumnos sobre ciertos puntos del tema que estábamos viendo. Me llegó mi turno y el profesor me preguntó:  “Natalia tienes x (digo equis porque realmente no recuerdo a qué se refería) punto?” y yo o por timidez o distracción contesté “No”, a lo que acto seguido él respondió frente a toda la clase: “No tienes ese punto pero tienes punto G ¿verdad?” y empezó a reír, acompañado de la risa de más de alguno de mis compañerxs. 

Mi única reacción en ese momento fue ponerme roja como tomate, bajar la vista y sentir como todo mi cuerpo y mente  hacía cortocircuito para intentar entender que había pasado. Como suele ocurrir en estos casos, no hice nada, quise minimizarlo, no verlo y dejar pasar lo usé había sucedido, pero me sentía minúscula, ridiculizada, expuesta, impotente y molesta, pero algo cambió desde ese día y hacía todo lo posible por evitar al profesor, a quien siempre saludaba antes cuando me lo topaba en el pasillo, e incluso con quien platicaba (siempre de forma incómoda) entre clase, porque como ya se imaginarán, de alguna forma él se había “acercado” a mí antes del incidente.

Ahora que he podido analizarlo, sé que el comentario y sus acercamientos no fueron hechos aislados, las insinuaciones de sus intenciones siempre estuvieron ahí pero hasta antes de ese incidente no me había dado cuenta que lo que él estaba haciendo tiene nombre y apellido y que yo como muchas otras (desgraciadamente) sufrí de ACOSO en las aulas de mi universidad. 

Mi historia termina aquí (por fortuna) pero tiempo después me enteré que lamentablemente chicas más jóvenes de mi carrera fueron acosadas por el mismo profesor y que este cruzó la línea al intentar besar a una de ellas. La indignación fue tanta que se interpuso una denuncia hacia el maestro pero como se resolvió internamente en la Universidad de Guadalajara el castigo más “grande” contra éste fue el pago de una multa, se rumora que fueron 7 salarios mínimos, ¡JA! Imagínate que el daño ocasionado por ser un acosador en potencia sea de aproximadamente 600 pesos, una burla, y la eliminación definitiva de su puesto como docente dentro de la carrera de Relaciones Internacionales, pero ojo, el profesor siguió ejerciendo como docente en otras carreras dentro de la Universidad de Guadalajara. 

Por eso, cuando me encontraba en la marcha del pasado #8M sobre Av. Juárez y vi a tantas chicas pintando con aerosol las paredes del inmueble y escribiendo frases en el piso, en las bardas y ventanas, trepándose a las estatuas para decorarlas con frases y pañoletas verdes y moradas, no pude evitar soltar una que otra lágrima al coro unísono de “UDG encubre acosadores, UDG, encubre violadores” por qué si, la benemérita Universidad de Guadalajara encubre a mí acosador y al de tantas. La casa de estudios más grande de Occidente y la segunda universidad pública más importante del país es también el hogar de acosadores y violadores por montones a quienes protegen más que la integridad misma de las alumnas, profesoras y administrativas que por AÑOS han/hemos sido vulneradas. 

Sé que el acoso no tiene género, ni nombre, ni profesión ni estatus social y sé que es cierto que “no todos los hombres” (porque por alguna razón se tiene que clarificar esto siempre aunque resulte obvio) pero lo cierto es que todas las mujeres tenemos mínimo una historia de acoso, de alguna clase de violencia o agresión sexual y que empezamos a ser víctimas de ello a cortísima edad y muchas veces, en los espacios que creíamos seguros como nuestras casas o la escuela. 

Mi caso, mi historia no se compara en nada con lo que les ha tocado sufrir a miles de mujeres cada día en nuestro país. Hoy las abrazo a todas, porque por mínima o pequeña que parezca la agresión, sigue siendo eso, una agresión sexual, un acto o acción perpetrada sin consentimiento, una violación a nuestra intimidad, a nuestros cuerpos, a nuestro SER. Tras mi experiencia entendí que, me atrevo a decir, todas las mujeres hemos sido víctimas de alguna clase de acoso y/o agresión sexual y que la gran mayoría de nosotras no lo hablamos porque nos han enseñado a “normalizarlo” a minimizarlo, a culparnos  y a cargar con ello porque “así son los hombres”. Yo ya no me callo más y hoy cuento mi historia esperando con ella animar a más mujeres a contar la suya, sin importar lo “pequeñita” que parezca, lo irrelevante que les hayan hecho creer que fue lo que les pasó porque no es así, en un país donde mueren 10 mujeres al día, todas las señales “mínimas” de machismo son señales de alarma. 

Por eso este mes las invitamos a todas a utilizar este espacio de La Ola Púrpura para compartir sus experiencias con el acoso, con la única intención de soltarlo, compartirlo y encontrar empatía entre unas y otras. Las historias pueden ser anónimas o publicarse con el nombre y pueden ser contadas de la manera en la que cada una de ustedes prefiera. Las iremos compartiendo conforme vayan llegando y tienen todo enero para enviarnos sus experiencias.

Les mandamos un gran abrazo y esperamos que a través de este espacio sororo encuentren la manera de compartir su experiencia y liberarse de ella. 

Queremos invitarlas a compartirnos sus experiencias de acoso y contribuir a nuestro tendedero del acoso virtual, ya sea a través de una foto del testimonio, video, imagen o mandandolo por correo al correo de La Ola Púrpura, hazqueseveapurpura@gmail.com. Estaremos compartiendo este mes los testimonios para ayudara visibilizar las experiencias que todas hemos tenido que afrontar.

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