El voto de silencio

Por María Isabel Orozco Rodríguez

Dicen que las familias son cíclicas, que las personas estamos destinadas a repetir los patrones de nuestros ancestros una y otra vez, como si estuviésemos en un bucle infinito que nos marca la pauta del destino. También, dicen que en toda familia hay una generación que rompe con esos ciclos y cambia el rumbo familiar para siempre. 

Antes creía que mi familia era perfecta, el tipo de familia al que todo mundo quiere pertenecer, grande, unida y ruidosa. Una familia altamente festiva y alegre, compuesta por personas muy diversas, pero que coinciden todas en un mismo sentimiento de cariño. Mi familia es así, no puedo negarlo, sin embargo, esa es solo su cara más bonita y superficial. 

Debajo de tanto ruido, en mi familia se esconde un silencio sepulcral que nos mantiene repitiendo las mismas historias una y otra vez. Nuestro bucle infinito es el maltrato a las mujeres, sostenido por un voto de silencio transgeneracional, del que aún no hemos podido salir del todo. Eso lo aprendí a la mala, del modo como se adquieren las lecciones que te cambian la vida. 

Yo, al igual que otras mujeres de mi árbol genealógico, caí en una relación sentimental donde viví violencia psicológica y emocional, no por mensa ni por ingenua, sino por no tener la información suficiente sobre cómo detectar el abuso en el noviazgo. Mi ex pareja en cuestión, no era un monstruo ni un psicópata, era un hombre que se podría considerar normal, pero cuyos parámetros de amor implicaban la destrucción paulatina de la autoestima de su ser amado, algo que es muy común en nuestra sociedad y de lo que se habla poco. 

Ya he escrito mucho sobre mi testimonio, de cómo lo que comenzó como cuento de hadas al poco tiempo se transformó en thriller psicológico, sin embargo, no quiero parar de hacerlo, porque cuando el maltrato no se pronuncia no hay forma de prevenirlo, y mi deseo es que esa historia jamás se repita, ni en mí, ni en las mujeres que vienen detrás. Por eso repito constantemente que el amor y el control son palabras antónimas; que, quien te ama, no busca cambiarte ni física ni emocionalmente; que no está bien que tu pareja te desee el sufrimiento o el fracaso; que nadie tiene derecho a burlarse de tus sueños o aspiraciones, ni mucho menos a sobajarte para inflar su ego; que tu pareja no es tu competencia, y si te hacen sentir así es mejor huir; y lo más importante, que alguien que te hace creer que no eres merecedora de amor, definitivamente, no te ama. 

El abuso que no es físico es de los más destructivos y de los más difíciles de detectar. Todos y todas aprendemos a relacionarnos en comunidad bajo parámetros altamente misóginos, el machismo está impregnado en lo más profundo de nuestro ser, y es nuestro reto detectarlo y deconstruirnos poco a poco. Pero, sobre todo, es preciso que las mujeres hablemos sobre la violencia que vivimos, pronunciar nuestros testimonios y romper el silencio al que nos hemos visto sometidas por tantas generaciones.   

Ahora entiendo que, tal vez, si yo hubiera conocido las heridas de mis ancestras hubiera tomado más precauciones en mis pasadas relaciones. Lamentablemente no fue así, y cuando hice conciencia de todo esto, ya era demasiado tarde. Sé que mi historia no ha sido la única ni la peor que se ha visto en mi familia, pero lo que viví me bastó para entender que el silencio es el mejor aliado del odio hacia la mujer y que, juntos, nos mantienen repitiendo los mismos patrones violentos una y otra vez.  

A veces, me gusta pensar que formo parte de la generación que rompe con los patrones familiares, me gusta pensarlo así porque eso da sentido a mis cicatrices. Quiero comenzar una nueva etapa en mi vida, pero esta vez sin el voto de silencio, quizá yo no vaya a cambiar el destino de mi familia, pero definitivamente voy a redirigir mi propia historia y eso ya es mucho, al menos para mí y para las que vendrán después.  

Tu prima la feminista

Por María Isabel Orozco Rodríguez

Todos tenemos una prima feminista intensa en la familia, esa que se sale de los grupos de whatsapp cuando empiezan a rolar memes misóginos y chistoretes machistas, esa, a la que le encanta postear datos sobre violencia de género en sus redes sociales, sí, la misma que pone ojos de huevo cocido cuando le hacen mansplaining en las reuniones familiares. Seguramente la estás visualizando en este mismo momento, riéndose a carcajadas de los comentarios que tu tío, el ultraconservador, le deja en sus redes sociales. 

A tu prima la feminista le encanta intensear con todo lo que tenga que ver con la cuestión social e histórica de las mujeres, porque esa es su pasión y el día que lo aceptó se sintió libre. Ella nunca duda en acompañarte a marchas o manifestaciones, y siempre te alienta a expresarte, es más, seguramente con ella tienes las mejores pláticas y la chisma es inagotable. 

Es el tipo de prima que te dice la neta sobre tus amores tóxicos, aunque te choque, porque prefiere que te enojes con ella a verte con alguien que no te trata como te mereces. Ella es la prima que sabes que te cuida, a la que le mandas tus rutas de uber y tu ubicación cuando sales; es la que te consuela cuando estás triste, y te recuerda todas las cualidades maravillosas que tienes. También, es la prima con la que te diviertes y bailas hasta que la cuerpa aguante, porque el feminismo no está peleado con el perreo intenso a poca luz, y ella nació para perrear.

Contrario a lo que dice tu tía, la de la vela perpetua (también a ella la estas visualizando en este momento), a tu prima no le da miedo quedarse sin marido por ser feminista, porque de entrada se tiene a sí misma y le encanta su propia compañía. Tampoco le da miedo tener un criterio propio, al contrario, se siente afortunada de ser consiente de todas las formas en las que se puede encarnar la violencia, pues eso la ha ayudado a deshacerse de uno que otro maltratador.

Tu prima la feminista no necesita un héroe que venga a darle un estatus de esposa ni de madre, en todo caso quiere a alguien que sepa acompañarla, alguien que no necesite controlarla para sentir amor, una persona que sea feliz por sí misma, porque sabe que la felicidad es cosa de cada quien, y ella no va responsabilizarse de la felicidad de su pareja sentimental, ya no está para esos trotes. 

Ella es de esas mujeres que prefieren dejar de existir que renunciar a su personalidad y a sus sueños, de las mismas que prefieren llegar a viejas felices y con la frente en alto, que frustradas por haber renunciado a su esencia por cumplir estándares ajenos. Si para este momento aún no pudiste ubicar quién es tu prima la feminista, lo más probable es que seas tú… bienvenida al club de las primas feministas, te estábamos esperando. 

Agua Termal

Fer H. Orozco

No sé si es un sueño o una realidad interminable, pero siento que llevo siglos sin coger. Siento, desde los dedos de los pies, hasta la coronilla, un hormigueo de colores que va y viene. Vaivén de colores rojizos, como terracota y naranja, amarillo mostaza, rojo ladrillo, granada y escarlata. Es como si mi cuerpo fuera un cántaro de barro recién salido del horno, de donde ebullen y flotan vapores que encierran recorridos dactilares, saliva, anhelos románticos, encuentros líquidos y deseos … Y cada que imagino la mano de Manuel, Luis, Rodrigo, Víctor, Enrique o cualquiera que sea su nombre en mi piel dispuesta y suave, las líneas que unen y parten mi consciente y mi inconsciente se alinean y forman un cúmulo de pequeñas estrellitas y espirales que se concentran y giran en mi centro. Entonces todo se silencia, florecen luces. Las luces se apagan, las flores se encienden. En el suspiro que me derramo me quemo y me extingo.

Mi cuerpo se vuelve un mar. Un sacrilegio. Se vuelve una caja de Pandora que esconde agua y saca fuego, un lugar recóndito de clavados y placeres secretos. 

La voz del mañana

Fer H. Orozco

La voz de la mañana dicta el paso apurado para el café y la fruta picada,

el recorrido de siempre y las aleatorias indecisiones de lo que está

y no a nuestro alcance. 

El camino a casa o a tus labios da lo mismo; en ninguno se anuncia una escapatoria. 

En la incertidumbre se conocen hechizos de terror que marean, sonrisas vacías y nimiedades a granel. 

El eterno retorno a los días sin fin me quema y me cansa, 

entender que tengo miedo a no ser nadie, también. 

¿El infierno de los otros nos consume, ¿o es el nuestro? 

Quizá redescubrir nuestras limitaciones sea el primer paso para entender que la culpa 

es y no es nuestra. 

Sea lo que sea, no puede ser nombrado. Los misterios pueden más que la palabra.

El placer radical de estar sola

Marisa Orozco

Lo que diré a continuación ha sido la revelación más inquietante y liberadora que he tenido en esta cuarentena: lo que actualmente me quita el sueño (en su connotación romántica) es el hecho de que nadie me quita el sueño. Así de simple y llano, la soledad conyugal en su máxima expresión.  La última vez que me sentí así fue cuando tenía once años y mi único interés en la vida consistía en regresar de la escuela a mi casa para leer Harry Potter. 

Mis días, actualmente se resumen a la búsqueda incansable de empleo, a quejarme de la situación política y social del país en redes sociales, y a escribir para exorcizar mis demonios, mientras me acabo las botellas de vino tinto que mi mamá guardó como recuerdo de la boda de mis hermanas, ellas aún no lo saben, solo espero que algún día me perdonen por tomarme el souvenir de la fecha más importante de sus vidas. 

Las cosas no siempre fueron así, desde los doce años, y bajo el influjo de los cambios hormonales, me la vivía enamorada del amor. Desde esa corta edad, elegía aleatoriamente seres totalmente inalcanzables para entregarles mi inocente pasión, casi siempre personajes de un libro, como Mr. Darcy, o el futbolista del momento, por más feo que estuviera; a veces, cuando quería ser más osada, me enamoraba del adolescente popular que se colaba a todas las fiestas de quince años, de mi amigo gay que aún no salía del closet, o de mi profesor de física que olía a recién casado y que creía, inocentemente, en el sistema educativo tradicional como principal promotor de la ciencia. 

Por varios años viví así, inventándome amores platónicos que me mantuvieran en el juego del amor romántico, ese al que la sociedad nos enseña a creer con los ojos cerrados como al Niño Dios o a la democracia. Eso terminó cuando me enamoré de un par de personas reales, hombres con defectos y carencias como las mías, ahí fue cuando recibí la cruda y aleccionadora bofetada de la realidad. Estaba tan acostumbrada a enamorarme de ideales que, cuando la fantasía llegó a su fin, me quedé totalmente desarmada, nadie me había enseñado a lidiar con la vida en pareja y mucho menos con la pérdida que implicaría entregar mi amor a alguien cuyos estándares afectivos estuvieran muy por debajo de los míos. 

Eso pasa muy a menudo, ya que a la juventud nunca se nos habla del amor sin fantasías, mucho menos del amor propio. Nadie nos advierte de la violencia o del abuso que se puede vivir en el noviazgo más allá del maltrato físico, no se nos enseña a defender nuestra dignidad, o de la importancia de buscar nuestra felicidad antes de pensar en compartir nuestra vida con otra persona, y menos a las mujeres. A nosotras se nos piensa siempre en plural; a nosotras se nos niega el placer radical de estar solas. 

La soledad de una mujer está mal vista, aún en nuestros tiempos “modernos”, y peor tantito si vives en una sociedad tan cerrada y tradicional como la tapatía. El estigma de “la mujer sola” me llevó a ser adicta a los amores ficticios, como una forma de aferrarme a una esperanza que ni siquiera yo entendía, pues nunca me había detenido siquiera a pensar si tener pareja era algo que realmente deseaba.

Después de aprender, a la mala, que el amor romántico es la mayor falacia de nuestros tiempos, decidí parar por completo y cerrar para siempre la fábrica de amores platónicos. En ese momento me di cuenta que cuando las mujeres decidimos vivir en soledad se nos encasilla a dos opciones: a ser la tía quedada (a la que comúnmente se atribuyen adjetivos como frustrada, resentida o traumada), o la lesbiana de closet. Traté ser la lesbiana, pero fracasé, mis amigas están de testigo; así que creo que me quedaré con ser la tía quedada, lo cual es sumamente divertido si sabes gestionarlo sabiamente.

Así llegué a este punto, soy la tía treintona quedada (con todos los adjetivos que eso conlleva) y me encanta. Por eso escribo este texto, para decirte que, si eres mujer treintona y soltera, sepas que no estás sola, habemos más treintonas solas por decisión en el mundo, mujeres que estamos tratando de encontrarle un sentido más profundo a nuestra existencia, uno que vaya más allá de elegir un vestido de novia o de decidir el número de hijos que queremos tener. 

Y no digo que casarte y tener hijos no sea válido o benévolo, al contrario, estoy convencida que la vida en pareja y, sobre todo, la maternidad son de las cosas más retadoras y difíciles que existen, sin embargo, ir contra corriente es solo para valientes. Te comprendo y aplaudo tu decisión, no hay nadie más valiente que la mujer que goza y defiende su soledad. 

Nadarnos

Fer H. Orozco

Conocernos es sumergirnos en el mar que somos. Es aceptar que a veces es un lugar cálido y en calma, en donde todo se siente suave y podemos sólo flotar; pero muchas otras es un oleaje cabrón que nos arrastra y nos revuelca en cosas que no queríamos ver de nosotros, es sentir que damos vueltas en una misma herida que parece que nunca va a sanar. O es casi como ahogarnos en algo oscuro, profundo y desconocido aunque sea nuestro hogar, aunque otras veces sea un lugar transparente y sencillo. Tal vez esa es la clave: aprender a surfearlo. Amarnos con todo eso que somos, y no sólo reducirnos a luz/obscuridad/claridad/incertidumbre. Necesitamos nadarnos, conocer nuestras aguas, re-conocerlas, reinventarlas… pero atravesarlas es la única forma de reivindicarnos y de honrarnos, es la única forma de entender que no porque ya pasamos un revolcón o viento, no van a venir más, o no porque hubo mucha luz ya no merecemos más. Yo creo que sumergirme en mí es un vaivén constante, cada día es una brazada que doy, a veces hacia el cielo y a veces hacia lo más profundo del mar, pero cada día como una nueva posibilidad de aprender del agua, cada día es un ciclo que me dedico para nadar en plena libertad en el mar que soy.

Poner el cuerpo en la calle

María Isabel Orozco Rodríguez

El pasado martes 11 de mayo, un grupo de mujeres y activistas feministas acompañamos a las víctimas del violador y pederasta Gabriel Vallejo, a la Fiscalía Estatal no. 2550 de Jalisco, con la finalidad de exigir seguimiento a sus carpetas de investigación, pues a pesar de haber más de diez denuncias en contra del supuesto psicoanalista, y una orden de aprehensión por el delito de violación, este criminal sigue libre y paseándose por la ciudad sin la menor de las repercusiones.

Llegamos a la calle 14, a las tres de la tarde, en compañía de las víctimas, entre las cuales se encontraban dos menores de edad, y comenzamos a caminar hasta llegar a la puerta de la Fiscalía. Casi al instante se nos acercó el Fiscal de Derechos Humanos para “dialogar pacíficamente” sobre nuestras exigencias; sin embargo, al momento de pedir información sobre el seguimiento de la orden de aprehensión, fue evidente que no tenía conocimiento del caso en cuestión, por lo que pedimos entrar a las instalaciones para que se atendiera debidamente a las víctimas.

Cuando nos dirigíamos a la entrada, el mismo Fiscal, mandó cerrar las puertas del recinto, justo en nuestras caras, con el pretexto de no tener en esa instancia las carpetas para revisar los casos. Ante la conmoción de ser rechazadas una vez más por las autoridades, las victimas de Vallejo tomaron la palabra ante los medios de comunicación que cubrían el
evento; comentaron cómo ellas mismas han hecho investigación para dar con el paradero de su victimario, y cómo han sido ignoradas en varias ocasiones por los servidores públicos que, se supone, deberían proporcionarles seguridad y justicia.

Mientras esperábamos a que nos abrieran las puertas, otras mujeres tomaron la palabra para compartir sus testimonios de impunidad, entre ellas una señora que con el megáfono dijo: “a mi hija la violaron, la degollaron, y la tiraron como si fuera basura, mi niña tenía solo 17 años, ya pasaron cinco años y aún no me dicen quién le hizo eso”. En el ambiente se podía palpar la tristeza y la rabia de quienes han sido ignoradas sistemáticamente una y otra vez.

La manifestación duró más de dos horas, hasta que, después de encapsular al Fiscal en una rueda de mujeres, y amenazar con no movernos de ahí hasta que revisaran las carpetas de investigación, dejaron entrar a las víctimas y a sus representantes legales a las instalaciones de la Fiscalía para dar seguimiento a sus casos. No nos retiramos hasta que todas fueron atendidas.


Esa noche no pude dormir pensando en las mujeres que vi unas horas antes, la imagen de sus caras pasaba una a una en mi mente, sus voces retumbaban en mi cabeza: “la tiraron como si fuera basura”, “me violó a los doce años”, “no nos hacen caso”. Veía también la cara de una señora que se me acercó durante la manifestación, para preguntarme cuál era la ventanilla para reportar a un familiar desaparecido, recordaba sin parar cómo me quedé muda, absolutamente congelada, sin saber qué decirle. Repetía esas imágenes una y otra vez, como si estuviera regresando la cinta de una película antigua, una película de terror.

Ahí, en el silencio y la obscuridad de mi cuarto, comprendí que, en esta ciudad y en este país, la justicia no se ejerce ni se otorga, la justicia se exige. A las y los jaliscienses, ahora más que nunca, no nos queda otra alternativa que poner nuestro cuerpo entero para exigir justicia, sobre todo a nosotras las mujeres.

Mucho se ha decidido ya sobre nuestros cuerpos, es hora de que nosotras decidamos dónde ponerlos y llevarlos a la calle; usarlos para gritar y exigir lo que se nos niega constantemente: ser escuchadas y consideradas como acreedoras de derechos. Entregarnos al acto radical de usar nuestro cuerpo para fines que no se adaptan a los estándares de obediencia y abnegación, porque la situación actual nos orilla a sacar las garras para asegurarle un futuro seguro y feliz a las siguientes generaciones.

A las mujeres que me leen, les digo: no puedes ser consiente de tus privilegios hasta que sales a la calle y ves la realidad que se viven otras mujeres, es ahí donde se encuentra el porqué del feminismo. Es ahí, en la calle, que las feministas luchamos por esas mujeres a las que nadie escucha, por las que viven los estragos de la impunidad todos los días, por las invisibilizadas, las silenciadas, las ignoradas y, sobre todo, por ti y por mí, porque sabemos que nadie más lo hará por nosotras.


El 24 de mayo del presenta año, se emitió una segunda orden de aprensión en contra de Gabriel Vallejo por los delitos de violación y abuso sexual infantil, y aunque el imputado solicitó un amparo ante la justicia federal, esto no le impide ser detenido. No nos detendremos hasta que se haga justicia, somos muchas y estamos juntas.

Opiniones

Por Andrea Rafols

No opinar o no querer hacerlo viene desde casa, se consolida en la escuela, en el trabajo y en la vida diaria. No nos acostumbran a participar en ninguno de los temas que nos acontece y menos si es algo “fuera” de nuestras aficiones 

¿Por qué no podríamos opinar de cualquier cosa? ¿Por qué? ¿Por qué a los hombres se les incita desde pequeños a tener una opinión de x o y tema? Sin importar si es bueno o verídico su criterio  ¿Por qué nos enseñaron a callar? 

Caí en cuenta que muchas de las veces que cuando mis compañeros de escuela opinaban en cualquier clase no siempre tenían algo bueno qué decir, simplemente era la manera en cómo lo decían, como lo contaban que parecía la verdad absoluta. 

Lo que hubiera dado yo por eso seguridad, lo que daría hoy en día por esa seguridad. Me pasaba, pasa que a veces, que no quiero opinar ni hablar sobre cualquier tema porque me autosaboteo creyendo que nada de lo que diga está fundamentado, que es superficial, tonto o simplemente nada tiene razón de ser. Porque sí, también me pasa que divago muchísimo, tal vez como mecanismo de defensa. Lo que daría por decir la mitad de lo que pienso con la seguridad que tienen algunos de mis compañeros; cuando a veces mis historias dicen más que sus simples alardes de conocimiento fantasma. No se nos enseña a cómo ser seguras, a cómo opinar sin sentirse temerosa de lo que puede venir después, no nos ensañan a equivocarnos.

Lo que daría por haber participado más en mi universidad, lo que daría hoy por participar como muchas de las chicas que conozco que fuera de tenerles envidia las admiro, porque lograron desbloquear ese muro de dudas que nos metieron desde chiquitas, les agradezco mujeres por levantar la voz. Les agradezco a ustedes por querer ejercitar en mí este músculo llamado juicio propio, seguridad en mis palabras y pensamientos, por sentir que puedo y podemos juntas.

De nuestra autora de hoy

Andrea Rafols es miembro de La Ola Púrpura, Directora Creativa, el arte y el corazón colorido de este proyecto. Artista plástico egresada de la Universidad de Guadalajara, con especialidad en las disciplinas del dibujo y grabado. Fundadora de la marca Trópico Azul. Ha presentado su trabajo creativo en los bazares más reconocidos de la Zona Metropolitana Guadalajara. Su estilo es minucioso, nostálgico y onírico con personajes protagónicos y rodeado de pequeños elementos que guardan historias personales. Ha expuesto su obra en la Muestra Artística de Estudiantes de Artes Plásticas. Grabado y Dibujo en Casa Cultural Calavera en 2015, la exposición “Noche de Arte y Estrellas” en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías de la Universidad de Guadalajara; y dentro de las muestras colectivas Musas Creadoras 2019 y 2020.

Esclavas del poder

Por María Isabel Orozco Rodríguez

El libro Esclavas del poder, de Lydia Cacho me dejó una angustia que no me deja dormir. Y aquí estoy, a las 3:00 am escribiendo este texto, que más que un texto es un exorcismo, como si a través de la escritura me pudiera deshacer de los miedos y corajes que me atormentan. No puedo dejar de pensar en los testimonios de las mujeres prostituidas, vendidas como esclavas sexuales, violadas multitudinariamente; siento miedo al imaginarme en su situación, pensarme en su lugar me provoca pavor. 

De repente me siento afortunada, y le doy gracias a la vida por no estar ahí, luego pienso que ese sentimiento no sirve de nada, pues ese problema existe, y aunque mi cuerpo no esté siendo explotado hay miles de mujeres cuyos cuerpos están siendo vejados en este mismo instante, y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Y entonces me enojo, ya no doy gracias, reclamo, me desespero, lloro y maldigo el momento en que las mujeres fuimos y somos concebidas como objetos de placer. ¿Qué es lo que lleva al ser humano a torturar a otra persona?, ¿por qué existen mafias que abusan, trafican y lucran con el cuerpo de las mujeres? En mi cabeza se repite una y otra vez el caso de la chica estadounidense que fue engañada y vendida en Japón, violada durante horas por más de cuarenta hombres, una chica inocente, ¿por qué ella?, ¿qué llevó a estos hombres a torturarla de esa forma? Me duele imaginarme esas escenas, me duele el cuerpo y me duele el alma, y me vuelvo a enojar, y vuelvo a llorar.

Todo es cuestión de poder, todo se resume al poder. Los padrotes, y los clientes que pagan por sexo no piensan en las mujeres que compran y venden, ellas son solo una representación de su estatus, la materialización de su necesidad de dominación, de control, de supremacía, de omnipotencia. Hay mujeres involucradas, sí, y a pesar de eso no deja de ser una cuestión de género, no hay dudas ni argumentos que le resten la mayor responsabilidad al género masculino del problema de la trata de mujeres, niñas y niños, no en esto, jamás en esto. La prostitución forzada, comienza con hombres que venden y termina con hombres que compran, aunque haya casos específicos, aunque haya excepciones a la regla. Seguramente con estas aseveraciones se lastimen algunas masculinidades frágiles, pero esa es la realidad y si no la vemos a los ojos jamás podremos cambiarla.  

Hay una lógica que mueve los engranajes y distribuye el poder inequitativamente, el orden del mundo, la base de todas las opresiones, el patriarcado, el famoso y mentado patriarcado. Nunca lo había entendido tanto como ahora que he leído este libro, un concepto tan abstracto pero que se materializa en formas tan violentas de opresión. El poder, siempre relacionado con lo masculino, lo blanco, lo primero, lo fuerte, lo más. Cierro los ojos e intento dormir, luego recuerdo que vivo en un Estado que posee uno de los principales puntos de turismo sexual del país y del mundo, y me ahoga un sentimiento de impotencia. Ante esta angustia solo encuentro una vía, una luz… ahora entiendo por qué soy feminista. 

BibliografíaCacho, L. (2015). Eslavas del Poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo. Penguin Random House

Camino sin fin

Texto Fer Hernández

Fotografía Lily Sánchez

Tener una relación tóxica es estar en una burbuja que todos ven excepto tú. Decirlo en voz alta, “animarte” a terminarla, es un grito sofocado de la tan famosa “salud mental” “paz emocional” o cualquier otro término por el estilo para desechar todo eso que te hace sentir tan mierda, pero que tú mismo has estado formando. Para mí es como un trip que nunca acaba, o como un laberinto en el que a veces crees encontrar la meta y aceptas todos los pasajes y caminos inciertos por un momento de felicidad. Pero éste nunca abandona su naturaleza de muros, de vueltas interminables y pies y mente y todo desgastado de tanto recorrerlo.

Me parece aburrido contar cualquier detalle de mi relación, porque es la historia que todos conocemos: chico y chica llegan a los niveles más miserables y codependientes, enfermizos y catárticos, por razones que estaban y no estaban en su control. Creo que nadie es la víctima y los dos los culpables, tal vez uno más pendejo que otro, otro más abusivo o chantajista, pero al fin y al cabo, la historia de dos.

El Dédalo de nuestro laberinto fuimos él y yo, y me cuesta perdonarme por permitirle hacer todo lo que hizo y todo lo que hice. Y es que al principio me sentí tan enamorada como Pasifae, y construí mi propia vaca para amoldarme a todas sus formas. Naturalmente mis decisiones engendraron una bestia destructora que comía uñas y recuerdos, devorada buenas intenciones y liberaba tricotilomanía y desvelos.

Salir me costó mucho, muchísimo, todo lo contrario que entrar. Pensar en salir del encierro me frenaba, me daba un sabor agridulce por recordar que fuimos Pasifae, pero también el Minotauro, y olvidamos el hilo de regreso, pero es que después de tanto ya no queda espacio para un acto heroico. Queda caminar recto en direcciones opuestas, en un camino igual de oscuro e incierto. Un camino solitario y de ecos.

De nuestra autora de hoy

Me llamo Fernanda pero me gusta que me digan Fer. Mis cosas favoritas son el mar, leer, andar en bici, hacer collages, el té verde, los atardeceres, y compartir y aprender de los demás. Escribir es mi yo más auténtico porque es escuchar y materializar todas esas cosas que conscientemente no sé que hay en mí, pero que surgen al hacerlo.

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