Opiniones

Por Andrea Rafols

No opinar o no querer hacerlo viene desde casa, se consolida en la escuela, en el trabajo y en la vida diaria. No nos acostumbran a participar en ninguno de los temas que nos acontece y menos si es algo “fuera” de nuestras aficiones 

¿Por qué no podríamos opinar de cualquier cosa? ¿Por qué? ¿Por qué a los hombres se les incita desde pequeños a tener una opinión de x o y tema? Sin importar si es bueno o verídico su criterio  ¿Por qué nos enseñaron a callar? 

Caí en cuenta que muchas de las veces que cuando mis compañeros de escuela opinaban en cualquier clase no siempre tenían algo bueno qué decir, simplemente era la manera en cómo lo decían, como lo contaban que parecía la verdad absoluta. 

Lo que hubiera dado yo por eso seguridad, lo que daría hoy en día por esa seguridad. Me pasaba, pasa que a veces, que no quiero opinar ni hablar sobre cualquier tema porque me autosaboteo creyendo que nada de lo que diga está fundamentado, que es superficial, tonto o simplemente nada tiene razón de ser. Porque sí, también me pasa que divago muchísimo, tal vez como mecanismo de defensa. Lo que daría por decir la mitad de lo que pienso con la seguridad que tienen algunos de mis compañeros; cuando a veces mis historias dicen más que sus simples alardes de conocimiento fantasma. No se nos enseña a cómo ser seguras, a cómo opinar sin sentirse temerosa de lo que puede venir después, no nos ensañan a equivocarnos.

Lo que daría por haber participado más en mi universidad, lo que daría hoy por participar como muchas de las chicas que conozco que fuera de tenerles envidia las admiro, porque lograron desbloquear ese muro de dudas que nos metieron desde chiquitas, les agradezco mujeres por levantar la voz. Les agradezco a ustedes por querer ejercitar en mí este músculo llamado juicio propio, seguridad en mis palabras y pensamientos, por sentir que puedo y podemos juntas.

De nuestra autora de hoy

Andrea Rafols es miembro de La Ola Púrpura, Directora Creativa, el arte y el corazón colorido de este proyecto. Artista plástico egresada de la Universidad de Guadalajara, con especialidad en las disciplinas del dibujo y grabado. Fundadora de la marca Trópico Azul. Ha presentado su trabajo creativo en los bazares más reconocidos de la Zona Metropolitana Guadalajara. Su estilo es minucioso, nostálgico y onírico con personajes protagónicos y rodeado de pequeños elementos que guardan historias personales. Ha expuesto su obra en la Muestra Artística de Estudiantes de Artes Plásticas. Grabado y Dibujo en Casa Cultural Calavera en 2015, la exposición “Noche de Arte y Estrellas” en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías de la Universidad de Guadalajara; y dentro de las muestras colectivas Musas Creadoras 2019 y 2020.

Esclavas del poder

Por María Isabel Orozco Rodríguez

El libro Esclavas del poder, de Lydia Cacho me dejó una angustia que no me deja dormir. Y aquí estoy, a las 3:00 am escribiendo este texto, que más que un texto es un exorcismo, como si a través de la escritura me pudiera deshacer de los miedos y corajes que me atormentan. No puedo dejar de pensar en los testimonios de las mujeres prostituidas, vendidas como esclavas sexuales, violadas multitudinariamente; siento miedo al imaginarme en su situación, pensarme en su lugar me provoca pavor. 

De repente me siento afortunada, y le doy gracias a la vida por no estar ahí, luego pienso que ese sentimiento no sirve de nada, pues ese problema existe, y aunque mi cuerpo no esté siendo explotado hay miles de mujeres cuyos cuerpos están siendo vejados en este mismo instante, y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Y entonces me enojo, ya no doy gracias, reclamo, me desespero, lloro y maldigo el momento en que las mujeres fuimos y somos concebidas como objetos de placer. ¿Qué es lo que lleva al ser humano a torturar a otra persona?, ¿por qué existen mafias que abusan, trafican y lucran con el cuerpo de las mujeres? En mi cabeza se repite una y otra vez el caso de la chica estadounidense que fue engañada y vendida en Japón, violada durante horas por más de cuarenta hombres, una chica inocente, ¿por qué ella?, ¿qué llevó a estos hombres a torturarla de esa forma? Me duele imaginarme esas escenas, me duele el cuerpo y me duele el alma, y me vuelvo a enojar, y vuelvo a llorar.

Todo es cuestión de poder, todo se resume al poder. Los padrotes, y los clientes que pagan por sexo no piensan en las mujeres que compran y venden, ellas son solo una representación de su estatus, la materialización de su necesidad de dominación, de control, de supremacía, de omnipotencia. Hay mujeres involucradas, sí, y a pesar de eso no deja de ser una cuestión de género, no hay dudas ni argumentos que le resten la mayor responsabilidad al género masculino del problema de la trata de mujeres, niñas y niños, no en esto, jamás en esto. La prostitución forzada, comienza con hombres que venden y termina con hombres que compran, aunque haya casos específicos, aunque haya excepciones a la regla. Seguramente con estas aseveraciones se lastimen algunas masculinidades frágiles, pero esa es la realidad y si no la vemos a los ojos jamás podremos cambiarla.  

Hay una lógica que mueve los engranajes y distribuye el poder inequitativamente, el orden del mundo, la base de todas las opresiones, el patriarcado, el famoso y mentado patriarcado. Nunca lo había entendido tanto como ahora que he leído este libro, un concepto tan abstracto pero que se materializa en formas tan violentas de opresión. El poder, siempre relacionado con lo masculino, lo blanco, lo primero, lo fuerte, lo más. Cierro los ojos e intento dormir, luego recuerdo que vivo en un Estado que posee uno de los principales puntos de turismo sexual del país y del mundo, y me ahoga un sentimiento de impotencia. Ante esta angustia solo encuentro una vía, una luz… ahora entiendo por qué soy feminista. 

BibliografíaCacho, L. (2015). Eslavas del Poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo. Penguin Random House

Camino sin fin

Texto Fer Hernández

Fotografía Lily Sánchez

Tener una relación tóxica es estar en una burbuja que todos ven excepto tú. Decirlo en voz alta, “animarte” a terminarla, es un grito sofocado de la tan famosa “salud mental” “paz emocional” o cualquier otro término por el estilo para desechar todo eso que te hace sentir tan mierda, pero que tú mismo has estado formando. Para mí es como un trip que nunca acaba, o como un laberinto en el que a veces crees encontrar la meta y aceptas todos los pasajes y caminos inciertos por un momento de felicidad. Pero éste nunca abandona su naturaleza de muros, de vueltas interminables y pies y mente y todo desgastado de tanto recorrerlo.

Me parece aburrido contar cualquier detalle de mi relación, porque es la historia que todos conocemos: chico y chica llegan a los niveles más miserables y codependientes, enfermizos y catárticos, por razones que estaban y no estaban en su control. Creo que nadie es la víctima y los dos los culpables, tal vez uno más pendejo que otro, otro más abusivo o chantajista, pero al fin y al cabo, la historia de dos.

El Dédalo de nuestro laberinto fuimos él y yo, y me cuesta perdonarme por permitirle hacer todo lo que hizo y todo lo que hice. Y es que al principio me sentí tan enamorada como Pasifae, y construí mi propia vaca para amoldarme a todas sus formas. Naturalmente mis decisiones engendraron una bestia destructora que comía uñas y recuerdos, devorada buenas intenciones y liberaba tricotilomanía y desvelos.

Salir me costó mucho, muchísimo, todo lo contrario que entrar. Pensar en salir del encierro me frenaba, me daba un sabor agridulce por recordar que fuimos Pasifae, pero también el Minotauro, y olvidamos el hilo de regreso, pero es que después de tanto ya no queda espacio para un acto heroico. Queda caminar recto en direcciones opuestas, en un camino igual de oscuro e incierto. Un camino solitario y de ecos.

De nuestra autora de hoy

Me llamo Fernanda pero me gusta que me digan Fer. Mis cosas favoritas son el mar, leer, andar en bici, hacer collages, el té verde, los atardeceres, y compartir y aprender de los demás. Escribir es mi yo más auténtico porque es escuchar y materializar todas esas cosas que conscientemente no sé que hay en mí, pero que surgen al hacerlo.

Carta Editorial Enero – Acoso

Por Natalia Ventura

Hace aproximadamente cinco años, cuando me encontraba cursando mis primeros semestres de la carrera en Relaciones Internacionales de la Universidad de Guadalajara (UDG) tuve uno de los encuentros más desagradables con uno de los profesores en plena clase. Nos encontrábamos en plena clase y la dinámica consistía en que el profesor preguntaba a los alumnos sobre ciertos puntos del tema que estábamos viendo. Me llegó mi turno y el profesor me preguntó:  “Natalia tienes x (digo equis porque realmente no recuerdo a qué se refería) punto?” y yo o por timidez o distracción contesté “No”, a lo que acto seguido él respondió frente a toda la clase: “No tienes ese punto pero tienes punto G ¿verdad?” y empezó a reír, acompañado de la risa de más de alguno de mis compañerxs. 

Mi única reacción en ese momento fue ponerme roja como tomate, bajar la vista y sentir como todo mi cuerpo y mente  hacía cortocircuito para intentar entender que había pasado. Como suele ocurrir en estos casos, no hice nada, quise minimizarlo, no verlo y dejar pasar lo usé había sucedido, pero me sentía minúscula, ridiculizada, expuesta, impotente y molesta, pero algo cambió desde ese día y hacía todo lo posible por evitar al profesor, a quien siempre saludaba antes cuando me lo topaba en el pasillo, e incluso con quien platicaba (siempre de forma incómoda) entre clase, porque como ya se imaginarán, de alguna forma él se había “acercado” a mí antes del incidente.

Ahora que he podido analizarlo, sé que el comentario y sus acercamientos no fueron hechos aislados, las insinuaciones de sus intenciones siempre estuvieron ahí pero hasta antes de ese incidente no me había dado cuenta que lo que él estaba haciendo tiene nombre y apellido y que yo como muchas otras (desgraciadamente) sufrí de ACOSO en las aulas de mi universidad. 

Mi historia termina aquí (por fortuna) pero tiempo después me enteré que lamentablemente chicas más jóvenes de mi carrera fueron acosadas por el mismo profesor y que este cruzó la línea al intentar besar a una de ellas. La indignación fue tanta que se interpuso una denuncia hacia el maestro pero como se resolvió internamente en la Universidad de Guadalajara el castigo más “grande” contra éste fue el pago de una multa, se rumora que fueron 7 salarios mínimos, ¡JA! Imagínate que el daño ocasionado por ser un acosador en potencia sea de aproximadamente 600 pesos, una burla, y la eliminación definitiva de su puesto como docente dentro de la carrera de Relaciones Internacionales, pero ojo, el profesor siguió ejerciendo como docente en otras carreras dentro de la Universidad de Guadalajara. 

Por eso, cuando me encontraba en la marcha del pasado #8M sobre Av. Juárez y vi a tantas chicas pintando con aerosol las paredes del inmueble y escribiendo frases en el piso, en las bardas y ventanas, trepándose a las estatuas para decorarlas con frases y pañoletas verdes y moradas, no pude evitar soltar una que otra lágrima al coro unísono de “UDG encubre acosadores, UDG, encubre violadores” por qué si, la benemérita Universidad de Guadalajara encubre a mí acosador y al de tantas. La casa de estudios más grande de Occidente y la segunda universidad pública más importante del país es también el hogar de acosadores y violadores por montones a quienes protegen más que la integridad misma de las alumnas, profesoras y administrativas que por AÑOS han/hemos sido vulneradas. 

Sé que el acoso no tiene género, ni nombre, ni profesión ni estatus social y sé que es cierto que “no todos los hombres” (porque por alguna razón se tiene que clarificar esto siempre aunque resulte obvio) pero lo cierto es que todas las mujeres tenemos mínimo una historia de acoso, de alguna clase de violencia o agresión sexual y que empezamos a ser víctimas de ello a cortísima edad y muchas veces, en los espacios que creíamos seguros como nuestras casas o la escuela. 

Mi caso, mi historia no se compara en nada con lo que les ha tocado sufrir a miles de mujeres cada día en nuestro país. Hoy las abrazo a todas, porque por mínima o pequeña que parezca la agresión, sigue siendo eso, una agresión sexual, un acto o acción perpetrada sin consentimiento, una violación a nuestra intimidad, a nuestros cuerpos, a nuestro SER. Tras mi experiencia entendí que, me atrevo a decir, todas las mujeres hemos sido víctimas de alguna clase de acoso y/o agresión sexual y que la gran mayoría de nosotras no lo hablamos porque nos han enseñado a “normalizarlo” a minimizarlo, a culparnos  y a cargar con ello porque “así son los hombres”. Yo ya no me callo más y hoy cuento mi historia esperando con ella animar a más mujeres a contar la suya, sin importar lo “pequeñita” que parezca, lo irrelevante que les hayan hecho creer que fue lo que les pasó porque no es así, en un país donde mueren 10 mujeres al día, todas las señales “mínimas” de machismo son señales de alarma. 

Por eso este mes las invitamos a todas a utilizar este espacio de La Ola Púrpura para compartir sus experiencias con el acoso, con la única intención de soltarlo, compartirlo y encontrar empatía entre unas y otras. Las historias pueden ser anónimas o publicarse con el nombre y pueden ser contadas de la manera en la que cada una de ustedes prefiera. Las iremos compartiendo conforme vayan llegando y tienen todo enero para enviarnos sus experiencias.

Les mandamos un gran abrazo y esperamos que a través de este espacio sororo encuentren la manera de compartir su experiencia y liberarse de ella. 

Queremos invitarlas a compartirnos sus experiencias de acoso y contribuir a nuestro tendedero del acoso virtual, ya sea a través de una foto del testimonio, video, imagen o mandandolo por correo al correo de La Ola Púrpura, hazqueseveapurpura@gmail.com. Estaremos compartiendo este mes los testimonios para ayudara visibilizar las experiencias que todas hemos tenido que afrontar.

Hasta que te pasa a ti

Ilustración Andrea Rafols

Tenía 19 años cuando abusaron de mí. 

Cuando pasó estaba en mi casa, con “amigxs”.

Es difícil escribir esto y me tiembla un poco la mano. Se me pone fría la piel con solo recordarlo pero quiero escribirlo, quiero que salga de mi porque ya no quiero cargarlo por otros 5 años más, ya no quiero lidiar con este sentimiento de culpa que a veces me oprime y no me deja respirar, ni con la sensación de asco que me recorre el cuerpo cuando por cualquier detalle o comentario viene a mi memoria ese momento. 

Era miércoles, yo tenía clases al otro día, era mi segundo año en la universidad y viviendo sin mi familia. Mi amiga me llamaba y me insistía en que ella y sus amigos fueran a mi casa, al final dije que sí porque vivía con la constante idea de no querer incomodar, de no querer quedar “mal” con las personas porque después ya no querrían verme o me considerarían “aburrida”. Recuerdo que cuando llegaron yo ya tenía mucho sueño, pero llevaban comida y tequila y aunque yo ya no quería, seguía tomando los vasos que me servían, en algún momento pensé ¿qué es lo peor que puede pasar si estoy en mi casa?. 

Uno de los amigos de mi amiga trataba de hablarme y se acercaba mucho pero yo no tenía ningún interés en establecer ninguna especie de relación con esta persona, así que sólo trataba de no ser “grosera” y le contestaba lo mínimo. Por alguna razón, esta persona tomó eso como que yo le estaba dando pie a que intentara besarme así que lo hizo, me fui y le dije que no, que  yo no quería eso. Me empecé a sentir muy incómoda y quería que se fueran así que fui a buscar a mi amiga y me dijo que no exagerara, que además, él era “guapo” así que me quede pensando que tal vez ella tenía razón, que yo estaba exagerando, que todo estaba bien.

No recuerdo mucho después de eso, empecé a sentirme mal y muy cansada, recuerdo que alguien trataba de jalar mi ropa de mi cuerpo, yo trataba de patear y decir que no pero en algún punto todo se volvio negro y no supe más. 

Desperté sin mi ropa.

Con el cuerpo de un hombre desnudo a mi lado.

La cantidad de sensaciones que inundaron mi cuerpo no las puedo describir, ni siquiera podía hacer sentido de lo que estaba pasando, tomé mi ropa, me fui corriendo al baño y empecé a llorar. Empecé a gritar que se fuera. Encontré a mi amiga y me dijo que estaba exagerando pero que si quería ella me prestaba para la pastilla del día siguiente “por cualquier cosa”.

Tomé mis cosas, me subí a un taxi, llegué a la escuela y me quedé llorando en una banca con una de mis amigas de la universidad a la que le conté lo sucedido, me llevó a la farmacia y me acompañó todo el día, no entré a ninguna de mis clases y mi cerebro estaba en blanco.

Tardé algunos días en poder volver a mi casa, renuncié a mi trabajo y reprobé varias materias. 

No quería ver a nadie, sentía que no tenía nada que decir solo quería llorar, sentía asco de mi propio cuerpo y me reprochaba a mí misma las circunstancias que me habían llevado hasta ese lugar. Pasaba el tiempo leyendo artículos sobre personas que habían pasado por algo similar para tratar de no sentirme tan sola. Sabía que mis amigxs estaban ahí pero mi mente no creía que alguien más pudiera entender lo que estaba pasando. Pasé mucho tiempo sola, queriendo no estar aquí. 

A veces pienso mucho en una foto que me había tomado ese día en la mañana, la recuerdo muy claramente porque siento que después ya no volví a ser ella, ya no volví a verme igual.

Hoy decido contar esto porque 5 años han sido suficientes para mí, porque por fin me doy cuenta de que la culpa no fue mía, porque hoy por fin me doy cuenta que no hay nada que yo podría haber hecho para provocar que esto me pasara. 

La culpa no era mía, ni de dónde estaba, ni de lo que vestía. El violador es él. 

Escribo esto después de mucho tiempo de terapia, de pasar por momentos muy oscuros, de dejarme llevar por relaciones muy malas. Escribo con todas las cicatrices físicas y emocionales que me han quedado, con mucho miedo pero al mismo tiempo fuerte, con una red de apoyo de mujeres increíbles que sé que estarán ahí para mí y con la firme convicción de que sobre mi cuerpo solo decido yo, de que mi cuerpo y mi vida valen. Hoy perdono a la Azalia de 19 años y le agradezco por resistir y por creer que algún día llegaría a sanar, aún cuando todo parecía indicar lo contrario. 

Escribo esto porque tristemente sé que no soy la única persona que ha pasado por algo así, porque sé que no soy la única que ha cargado la culpa por años y lo único que estoy tratando de hacer, es de alguna forma decirle a las personas que me están leyendo que no están solas, que estamos juntas y juntas somos más fuertes, que lo que nos paso no lo causamos nosotras y sobre todo, que lo que nos pasó no nos define.

No es no, nuestros cuerpos son solo nuestros y nuestras vidas nos pertenecen.

Calaverita

Por Natalia Ventura

Ilustración de Andrea Rafols

La calaca confundida y dolida

no entendía porqué en México se perdían

las vidas de 10 mujeres al día

“¿Cómo es que este año a tantas

mexicanas recibo en mis brazos?

¡Yo no las he llamado!”

Lloraba en agonía

porque sabía que a ninguna de ellas

la muerte había llamado.

No entendía cómo a todas,

la violencia machista

la vida les había quitado.

“Esto no es obra mía mis niñas,

en su destino no estaba

que yo por ustedes pasara,

la barbarie que a mí las trajo

es culpa del feminicida

y no un acto por mí orquestado.

Pero no teman más

que aquí yo les doy descanso,

y  allá entre los vivos

las mexicanas buscarán hacerles justicia

para que sus nombres no sean olvidados”.

Entre cempasúchil y veladoras, 

los xoloitzcuintles las guiaba en el camino,

rumbo al merecido descanso eterno

de aquellas almas que injustamente

del mundo de los vivos se fueron. 

La flaca en sus brazos las arropaba

los ojos les besaba y en el último suspiro,

sus nombres llamaba

sus rostros memorizaba

y deseaba que ni una más

de forma tan cruel su vida acabara.

-En honor a las víctimas de feminicidio, 

que su luz y nombre perdure en la memoria. 

Justicia para todas.  

La sabiduría oculta del cuerpo

por Mariana Jasso

Hay quienes dicen que nuestro cuerpo es nuestro primer territorio, otras como yo lo manejamos como nuestro templo y otras quizá hablan de su cuerpa, sea una de estas con la que te identifiques o no, lo cierto es que toda la vida nos enseñaron a odiarnos, fuera cual fuera nuestro cuerpo. Y no sólo eso, nos enseñaron a habitar un cuerpo, a tenerlo, a apropiarnos de él en lugar de ser y existir en conjunto. Quisiera recuperar el siguiente fragmento del libro de “Mujeres que corren con los lobos sobre el cuerpo” de Clarissa Pinkola, psicoanalista junguiana,

“[…] A veces se habla de las mujeres como si sólo un cierto temperamento, sólo un cierto apetito moderado fuera aceptable. A lo cual se añade con harta frecuencia un juicio sobre la bondad o la maldad moral de la mujer según su tamaño, estatura, andares y formas se ajusten o no a un singular y selecto ideal. Cuando se relega a las mujeres a los estados de ánimo coma gestos y perfiles que sólo coinciden con un único ideal de belleza y conducta, se les aprisiona en cuerpo y alma y ya no son libres.”

Sin duda este libro me ha llenado de cuestionamientos constantes, el más reciente es justo sobre mi cuerpo y mis inseguridades. Creo que todas tenemos inseguridades y no sólo sobre nuestro cuerpo, sino también sobre las relaciones, nuestro trabajo y esfuerzos, nuestra familia y amistades; inseguridades de todo tipo se apoderan de nosotras haciéndonos creer que no somos o hacemos lo suficiente, pero no somos nosotras, son las enseñanzas. Se nos ha dicho que nuestro cuerpo no es perfecto y que para serlo debemos hacer dietas especiales, ejercicio y ser correctas, con esto último me refiero a que no podemos permitirnos liberar nuestros instintos salvajes como la intuición y la sabiduría ancestral, toda esa que guardamos justamente en nuestro cuerpo. Vamos a ello.

Nuestros cuerpos saben cómo interactuar con el ambiente y cómo ir fluyendo a través de lo que sucede, incluso hay quienes afirman que las estaciones del año no están ahí por casualidad y que no sólo ayudan a los árboles y animales a sobrellevar la vida, sino que nosotras como humanas también nos movemos a través de ellas, generando ideas en primavera, trabajando en verano, evaluando en otoño y descansando en invierno, pero claro que no hemos sido enseñadas en ello porque entonces, sería escuchar a la naturaleza, a lo “salvaje” y al sistema en el que vivimos no le conviene eso, lo que necesita es que vivamos para trabajar y consumir, a pesar de que, como menciono, nuestros cuerpos tienen esa sabiduría ancestral que viene de generaciones, pero la rechazamos buscando nuevas ideas o pensamientos que creamos están correctos en sociedad. Tenemos que volver a lo ancestral.

Ahora pensemos en cómo el no estar conformes con nuestra corporalidad conlleva a otras inseguridades, porque si no estamos satisfechas con nuestro cuerpo, mucho menos lo vamos a estar haciendo con lo que hagamos con él, así que primero debemos sanar los vínculos que tenemos con los cuerpos de nuestras abuelas, madres y nosotras mismas, y hago mención a sanar estos linajes de mujeres específicamente porque somos quienes hemos recibido esta opresión de manera histórica, sistémica y que nos causa dolor. Aceptar los cuerpos no sólo es su físico, sino también su historia, sentimientos y experiencias, aprender a ser un cuerpo en lugar de tener un cuerpo para poder vibrar en sintonía con todo lo que somos y vivimos a diario. Hay que reconocernos como somos. Clarissa Pinkola menciona en el mismo libro antes mencionado que la diversidad de lobas es lo que las hace fuertes, pues una sin una pata puede entrar a una cueva a comer arándanos, otra loba puede saltar tan alto a un lago que parece un delfín y otra podría tener la gracia de una bailarina al tomar agua de un estanque, porque ser diferentes nos hace mágicas y extraordinarias.

Aceptar nuestros cuerpos no es fácil, ¿cuánto tiempo nos llevará? No lo sabemos, son procesos individuales y propios, hace poco leía un artículo de una amiga querida llamada Lisseth donde compartía su experiencia compartiendo su cuerpo y cómo había pasado muchas cosas para al fin aceptarse y quererse, así que cada una tendrá su reconocimiento que conllevará dolores, pérdidas y experiencias nuevas que lleven a entender al cuerpo como un ser multilingüe que habla a través de su temperatura, su color, su olor, etc. ¿No es verdad que tu cuerpo te indica cuando tienes miedo o cuando el fuego de una excitación al estar con quien amas en un momento de pasión llega a ti? O quizá recuerdes que tu corazón latía fuerte por una decisión importante que debías tomar y te decía qué hacer, tal vez le escuchaste, tal vez no, pero eso sólo te sirve de experiencia ahora que iniciarás esta aceptación corporal y empezarás a ser, con todas las letras que tiene esa bella palabra.La sabiduría está en nosotras, sólo necesitamos regresar a ella y confiar. Cuando empecemos a aceptar, cuidar y amar nuestro cuerpo, veremos poco a poco como las otras inseguridades desaparecen o se trabajan más y mejor. Y como una mujer sabia llamada Patricia Yllescas me dijo alguna vez: aprecia la respiración porque tienes el ciclo sagrado de la vida, cuando naces inhalas y cuando mueres exhalas, tienes más poder del que crees cuando respiras y vives. Y sí, cada respiración es una decisión, así que aceptemos esa sabiduría que ya nos fue dada.

Feminismo en dos ruedas

«El uso de la bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo»
Susan B. Anthony, en una conversación con Nellie Bly.
por Natalia Hache.

“Antes pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea. Lo peor que he visto en mi vida es una mujer montando en bicicleta”, Una corresponsal del Chicago Tribune el 25 de julio de 1891.

Desde chica mi papá se preocupó por enseñarme todo tipo de deportes; nadar, tirarme clavados y montar la bicicleta; empecé con llantitas y poco a poco se las fuimos quitando; como a toda niña. Sin embargo, entre más crecía, más me enseñaba la vida lo maravilloso que puede ser andar en “rila”.

No fue hasta hace pocos años que descubrí, y digo descubrí porque así fue, que podía montar en la ciudad y en la montaña; que podía moverme por donde quisiera tomando las riendas de mi destino, de mi futuro.

Este transporte que está conformado por dos llantas, un cuadro, un manubrio, un asiento, frenos y más, tienes que aprender a domarlo, a sentirlo, a vivirlo como uno solo, porque si algo me han repetido mi mentor en la bici (mi papá) infinidad de veces es que “tú y la bici deben de ser uno mismo”.

Andar en la montaña es de las formas más bonitas que he conocido para empoderarme; una bici, un casco y guantes; es surcar la colina con mis piernas, llegar hasta la cima pedaleando y ya que llegas arriba, tienes que soltarla (te) para bajar a la velocidad que tu libertad te permite, es sentir el aire en la cara, la velocidad en la piel y tomar decisiones para seguir liderando tu libertad, tu movimiento, tu espacio, tu independencia.

La bicicleta es un emblema para la libertad de las mujeres, desde siempre ha sido una de las herramientas que nos ha dado poder en la calle. Surge a finales del siglo XIX cuando todavía se creía que la mujer pasaba a ser propiedad del marido cuando contraía matrimonio con un hombre.

En el año de 1890 cuando se les otorgó esta arma de poder a las mujeres vino una revolución hasta en la ropa; fueron dejando las faldas largas y pesadas junto con los corsés para usar los pantalones y la ropa ligera, pues la comodidad era lo principal.

Debido a la autonomía que vivían las mujeres en la bicicleta, se buscó de mil y un formas alejarlas de ella; crearon estudios diciendo que las dejaba estériles, que podían quedar infértiles y hasta alguna que otra creencia que decía que las mujeres utilizaban la bicicleta como un “objeto sexual” donde se estimulaban andando en ellas y crearon un asiento duro para que provocar estas fricciones.

Andar en bici en la actualidad sigue siendo parte de nuestra revolución, sobrevivir a las duras calles de concreto, al acoso callejero, a los pocos espacios que nos brinda la ciudad para disfrutar la bicicleta y sobre todo a la poca consciencia que hay sobre que la ciudad es de todos, sólo nos marca una pauta; la revolución se hace en bicicleta.

Hoy la “bicla” sigue siendo un emblema de libertad, movimiento, de la capacidad de conocer un entorno sin depender de nadie; autonomía, de seguridad y sobre todo, un medio de transporte sustentable, que nos permite ser libres desde que pedaleamos.

De nuestra autora de hoy

Natalia Berenice Rodríguez Hernández. Nací en Guadalajara, Jalisco, desde que recuerde me han gustado los libros y las letras así que decidí estudiar comunicación y el destino y una entrevista me llevaron a uno de mis oficios: la docencia. También me dedico a cuidar plantas y me considero fiel creyente de que el pozole no debería ser comida mexicana.
Redes: @Eneberreache

Como ha sido vivirme en cuarentena

-NAIAN ÁLVAREZ-

Desde hace más de tres meses que vivimos en cuarentena, en un inicio la principal preocupación fue protegernos del virus, cuidar a las personas que queremos y con las que tenemos, o teníamos contacto constantemente, además de poder subsistir en confinamiento. Sin embargo, nadie nos advirtió que lidiaríamos con nuestras ansiedades y depresiones derivadas por el encierro, el lidiar constantemente con nuestro amor propio o incluso, batallas dentro de los hogares personales por ser “demasiado feminista”, orgullosa mujer lesbiana y la lista interminable de problemas que muchas viven (vivimos) o han vivido.

Poco después de las primeras semanas en confinamiento con el cambio de carga y demanda de energía al trabajo en la nueva “realidad virtual” (una normalidad a la que muchas de nosotras hemos tenido que adaptarnos), donde a modo personal he tratado de romper la barrera tecnológica para crear espacios más humanos a la medida de lo posible. Me di cuenta que el contacto a través de una computadora, depende de recursos fuera de nosotras como el internet, que cargue la aplicación, entre un montón de factores fuera de nosotras, esta situación llegó a estresarme muchísimo lo cual poco a poco se convirtió en ansiedad y depresión (hacía todas mis actividades con el doble de esfuerzo, las ojeras marcadas y un dolor en el cuerpo horrible).

Me he descuidado de manera física al ya no hacer actividad física como antes y, por las horas de demanda de esta nueva realidad me volví sedentaria; comiendo para no morir de ansiedad, por dedicarle tiempo al trabajo, a la escuela y las labores domésticas, que han ido en aumento, he subido de peso. En esa red de cuidados que tejí con mis familiares, amigxs y seres queridxs se me olvido uno fundamental, auto cuidado. 

Cada vez que me miro al espejo me cuesta reconocerme de nuevo, sé que mi cuerpa es hermosa pues me ha sostenido toda mi vida, que hay que aceptarla y que parte del descontento que vivo es causado por esos estereotipos patriarcales y euro-centristas causados por bombardeos masivos a los que hemos estado expuestas desde niñas para “encajar en la imagen femenina de perfección”. No obstante, por más que una se esfuerce, a ratos, volverse a encontrar en la imagen que vemos de nosotras mismas cuesta muchísimo trabajo. 

Recuerdo que leí hace tiempo un texto que decía “Necesitamos liberar nuestro concepto de nosotras mismas, como un acto de profunda liberación”, es lo que he trabajado estas últimas semanas, estoy tomando conciencia de lo que implica vivir con depresión y darle seguimiento para salir de ello. Tomo conciencia de lo que significa ser lesbiana para que deje de sentir que es una categoría y re-significarla para mí, tomo conciencia de lo que significa declararse feminista y todo lo que el feminismo me ha regalado en este tiempo, desde mejores vínculos afectivos, amigas que me salvan la vida, hasta un planteamiento y de-construcción para volver a construir y apropiarme conceptos que mejoren y hagan feliz a mi persona.

No hay una sola manera de vivir el confinamiento, ojalá pudiéramos googlear cómo sobrevivir en esta pandemia sin tener a nuestras amigas cerca para apapacharnos cuando a nosotras nos cuesta trabajo, tampoco hay una manera de ser mujer, de vivir con algún trastorno alimenticio, una enfermedad mental, de lidiar con todos los estereotipos impuestos, de ser feminista (desde la multiplicidad de feminismos que existen), ser bisexual, ser una mujer trans, lesbiana, pansexual o una mujer en busca de su identidad y felicidad. 

Hay que rescatar y volver a las cosas que nos hagan felices, no creo en “la pequeña felicidad” creo que todas son muy grandes, nos salvan constantemente de tristezas que matan. Dentro de todo hay cosas que nos abrazan y otras que no, poco a poco espero que al mirarme en el espejo pueda volver a reconocerme, abrazarme y que todas las emociones y situaciones que he vivido en cuarentena multiplique el amor propio y aprenda de ello. Espero que ustedes lo hagan igual y sepan que hay alguien que las abraza desde lejos.

De nuestra autora de hoy

Andrea Naian Álvarez Rodea, Ciudad de México 1999, estudiante de la licenciatura Lengua y literaturas Modernas Francesas en la Facultad de filosofía y letras de la UNAM.

¿Soy feminista?

por Marcela Salazar


Constantemente me pregunto ¿tengo claro qué es el feminismo? ¿entiendo todo lo del feminismo? ¿soy feminista? ¿el feminismo es bueno o malo? ¿por ser mujer debo ser feminista? ¿si no soy feminista, eso significa que soy machista? ¿tengo que decir que soy feminista? En fin, muchas preguntas que tengo y necesitan mis respuestas para saber quién soy, por lo que trato de resolver estas dudas en este artículo.

Normalmente, no me gusta posicionarme como una cosa y otra, ni me gusta tomar partido por alguna causa, ya que creo fielmente que cada realidad es individual y es distinta para cada persona. Sin embargo, creo que es hora de pensar ¿cuál es mi realidad? ¿cuál es la realidad de una chica de 24 años que vive en México? ¿ y cuál es la realidad de esta misma chica en otros contextos?

Desde que tengo uso de memoria, debo cuidarme de estar sola, de estar muy tarde en la calle, de pasar por espacios oscuros, de ver que nadie me siga (en especial hombres) y bueno, esto parece “común” entre la población mexicana bajo nuestro contexto de inseguridad, pero creo que en mí hay un miedo mayor que en mis hermanos. Y no lo digo porque sean hombres nada más, sino porque fuimos criados de distinta manera para que yo tener ese miedo y ellos no. Percibo que nuestros miedos son distintos, mi miedo en una noche oscura es de ser violada, golpeada, secuestrada y vendida para explotación de mi cuerpo, y creo que el miedo de alguno de mis hermanos se acerca más a ser golpeado, mutilado y asesinado.

A veces ya no sé qué miedo es peor, o cómo distinguir entre un homicidio y feminicidio, o dudo de si la violencia es sólo para las mujeres y no para todos, así que trato de crear mis propios filtros para estas confusiones. Me pregunto ¿esto hubiera pasado si hubiera sido hombre? ¿esto lo sufren mujeres, hombres, niños y animales? ¿cuál es la razón de que esa injusticia?

Estas preguntas me llevan a la conclusión de entender que sí, sí hay diferencia entre la educación de mi hermano y la mía, entre su protección y la mía, entre sus permisos y los míos, entre lo que me enseñan a pensar a mí y a él, entre la forma que se juzga mi sexualidad, éxito, felicidad y la de él, así como muchas cosas. No culpo a mi hermano, no culpo a mis padres, no culpa a alguien en específico, culpo a ideas retrógradas que nos han hecho pensar que son para la seguridad de esta sociedad; ideas que piensan que por “permitirnos” votar y “salir de la cocina” ya es suficiente, sin aún extendernos el resto de los derechos de todas las personas.

Dicen que está ocurriendo la cuarta ola feminista, es decir,  la activación masiva del movimiento feminista que plantea una lucha por los derechos de las mujeres marcado por grandes manifestaciones de distinto tipo (pacífica, violenta, cultural, musical, con pinturas), denunciando la violencia contra las mujeres, la disparidad en oportunidades políticas, la discriminación por el género y otras violaciones de Derechos Humanos.

Al igual que las otras olas feministas, este movimiento hace un llamado a la sociedad para realizar cambios estructurales sociales que aún no están resueltos. Invita a las mujeres a alzar la voz, identificarse y respaldarse con empatía sobre la situación que viven las mujeres. Por otro lado, se convoca a los hombres a respetar, comprender y cooperar con las mujeres para equilibrar las condiciones sociales.

Hoy me sumo a la cuarta ola feminista, sumo mi voz, mis acciones diarias, mi pensamiento, mi corazón y alma a creer que podemos ser parejos, sin una dualidad de poder, sólo con el permiso de gozar todas y todos los derechos. Por lo tanto, hoy contesto a la pregunta que no me atrevía a contestar por miedo a ser juzgada, tachada de loca, delincuente, “feminazi”, “hembrista”: ¿Eres feminista?

Mi respuesta es sí, soy feminista. Soy una mujer que sueña con sentirse segura y con gozar sus derechos humanos, sociales, económicos y políticos. Una mujer que desea que exista la educación sexual, la extensión de métodos anticonceptivos y la legalización del aborto. Pero sobretodo, un ser humano que cree en la equidad, empatía y solidaridad entre personas.

Esto no es una declaración de guerra a cualquier otro género que no sea femenino, sino más bien, una invitación a reflexionar sobre otras realidades. Hoy sigo aprendiendo del feminismo, de sus corrientes y de sus acciones. Existen cosas que aún no comprendo desde mi realidad, pero puedo apoyar a alguien a la que su realidad es distinta. De esta manera contribuyo a la creación de un mundo más equitativo para everybody.

De nuestra autora de hoy

Marcela Salazar es una internacionalista interesada en la evolución del pensamiento a partir de la reflexión. Le fascina la piña y las jirafas.

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