Carta Editorial Enero – Acoso

Por Natalia Ventura

Hace aproximadamente cinco años, cuando me encontraba cursando mis primeros semestres de la carrera en Relaciones Internacionales de la Universidad de Guadalajara (UDG) tuve uno de los encuentros más desagradables con uno de los profesores en plena clase. Nos encontrábamos en plena clase y la dinámica consistía en que el profesor preguntaba a los alumnos sobre ciertos puntos del tema que estábamos viendo. Me llegó mi turno y el profesor me preguntó:  “Natalia tienes x (digo equis porque realmente no recuerdo a qué se refería) punto?” y yo o por timidez o distracción contesté “No”, a lo que acto seguido él respondió frente a toda la clase: “No tienes ese punto pero tienes punto G ¿verdad?” y empezó a reír, acompañado de la risa de más de alguno de mis compañerxs. 

Mi única reacción en ese momento fue ponerme roja como tomate, bajar la vista y sentir como todo mi cuerpo y mente  hacía cortocircuito para intentar entender que había pasado. Como suele ocurrir en estos casos, no hice nada, quise minimizarlo, no verlo y dejar pasar lo usé había sucedido, pero me sentía minúscula, ridiculizada, expuesta, impotente y molesta, pero algo cambió desde ese día y hacía todo lo posible por evitar al profesor, a quien siempre saludaba antes cuando me lo topaba en el pasillo, e incluso con quien platicaba (siempre de forma incómoda) entre clase, porque como ya se imaginarán, de alguna forma él se había “acercado” a mí antes del incidente.

Ahora que he podido analizarlo, sé que el comentario y sus acercamientos no fueron hechos aislados, las insinuaciones de sus intenciones siempre estuvieron ahí pero hasta antes de ese incidente no me había dado cuenta que lo que él estaba haciendo tiene nombre y apellido y que yo como muchas otras (desgraciadamente) sufrí de ACOSO en las aulas de mi universidad. 

Mi historia termina aquí (por fortuna) pero tiempo después me enteré que lamentablemente chicas más jóvenes de mi carrera fueron acosadas por el mismo profesor y que este cruzó la línea al intentar besar a una de ellas. La indignación fue tanta que se interpuso una denuncia hacia el maestro pero como se resolvió internamente en la Universidad de Guadalajara el castigo más “grande” contra éste fue el pago de una multa, se rumora que fueron 7 salarios mínimos, ¡JA! Imagínate que el daño ocasionado por ser un acosador en potencia sea de aproximadamente 600 pesos, una burla, y la eliminación definitiva de su puesto como docente dentro de la carrera de Relaciones Internacionales, pero ojo, el profesor siguió ejerciendo como docente en otras carreras dentro de la Universidad de Guadalajara. 

Por eso, cuando me encontraba en la marcha del pasado #8M sobre Av. Juárez y vi a tantas chicas pintando con aerosol las paredes del inmueble y escribiendo frases en el piso, en las bardas y ventanas, trepándose a las estatuas para decorarlas con frases y pañoletas verdes y moradas, no pude evitar soltar una que otra lágrima al coro unísono de “UDG encubre acosadores, UDG, encubre violadores” por qué si, la benemérita Universidad de Guadalajara encubre a mí acosador y al de tantas. La casa de estudios más grande de Occidente y la segunda universidad pública más importante del país es también el hogar de acosadores y violadores por montones a quienes protegen más que la integridad misma de las alumnas, profesoras y administrativas que por AÑOS han/hemos sido vulneradas. 

Sé que el acoso no tiene género, ni nombre, ni profesión ni estatus social y sé que es cierto que “no todos los hombres” (porque por alguna razón se tiene que clarificar esto siempre aunque resulte obvio) pero lo cierto es que todas las mujeres tenemos mínimo una historia de acoso, de alguna clase de violencia o agresión sexual y que empezamos a ser víctimas de ello a cortísima edad y muchas veces, en los espacios que creíamos seguros como nuestras casas o la escuela. 

Mi caso, mi historia no se compara en nada con lo que les ha tocado sufrir a miles de mujeres cada día en nuestro país. Hoy las abrazo a todas, porque por mínima o pequeña que parezca la agresión, sigue siendo eso, una agresión sexual, un acto o acción perpetrada sin consentimiento, una violación a nuestra intimidad, a nuestros cuerpos, a nuestro SER. Tras mi experiencia entendí que, me atrevo a decir, todas las mujeres hemos sido víctimas de alguna clase de acoso y/o agresión sexual y que la gran mayoría de nosotras no lo hablamos porque nos han enseñado a “normalizarlo” a minimizarlo, a culparnos  y a cargar con ello porque “así son los hombres”. Yo ya no me callo más y hoy cuento mi historia esperando con ella animar a más mujeres a contar la suya, sin importar lo “pequeñita” que parezca, lo irrelevante que les hayan hecho creer que fue lo que les pasó porque no es así, en un país donde mueren 10 mujeres al día, todas las señales “mínimas” de machismo son señales de alarma. 

Por eso este mes las invitamos a todas a utilizar este espacio de La Ola Púrpura para compartir sus experiencias con el acoso, con la única intención de soltarlo, compartirlo y encontrar empatía entre unas y otras. Las historias pueden ser anónimas o publicarse con el nombre y pueden ser contadas de la manera en la que cada una de ustedes prefiera. Las iremos compartiendo conforme vayan llegando y tienen todo enero para enviarnos sus experiencias.

Les mandamos un gran abrazo y esperamos que a través de este espacio sororo encuentren la manera de compartir su experiencia y liberarse de ella. 

Queremos invitarlas a compartirnos sus experiencias de acoso y contribuir a nuestro tendedero del acoso virtual, ya sea a través de una foto del testimonio, video, imagen o mandandolo por correo al correo de La Ola Púrpura, hazqueseveapurpura@gmail.com. Estaremos compartiendo este mes los testimonios para ayudara visibilizar las experiencias que todas hemos tenido que afrontar.

Hasta que te pasa a ti

Por: Azalia Valdés

Ilustración Andrea Rafols

Tenía 19 años cuando abusaron de mí. 

Cuando pasó estaba en mi casa, con “amigxs”.

Es difícil escribir esto y me tiembla un poco la mano. Se me pone fría la piel con solo recordarlo pero quiero escribirlo, quiero que salga de mi porque ya no quiero cargarlo por otros 5 años más, ya no quiero lidiar con este sentimiento de culpa que a veces me oprime y no me deja respirar, ni con la sensación de asco que me recorre el cuerpo cuando por cualquier detalle o comentario viene a mi memoria ese momento. 

Era miércoles, yo tenía clases al otro día, era mi segundo año en la universidad y viviendo sin mi familia. Mi amiga me llamaba y me insistía en que ella y sus amigos fueran a mi casa, al final dije que sí porque vivía con la constante idea de no querer incomodar, de no querer quedar “mal” con las personas porque después ya no querrían verme o me considerarían “aburrida”. Recuerdo que cuando llegaron yo ya tenía mucho sueño, pero llevaban comida y tequila y aunque yo ya no quería, seguía tomando los vasos que me servían, en algún momento pensé ¿qué es lo peor que puede pasar si estoy en mi casa?. 

Uno de los amigos de mi amiga trataba de hablarme y se acercaba mucho pero yo no tenía ningún interés en establecer ninguna especie de relación con esta persona, así que sólo trataba de no ser “grosera” y le contestaba lo mínimo. Por alguna razón, esta persona tomó eso como que yo le estaba dando pie a que intentara besarme así que lo hizo, me fui y le dije que no, que  yo no quería eso. Me empecé a sentir muy incómoda y quería que se fueran así que fui a buscar a mi amiga y me dijo que no exagerara, que además, él era “guapo” así que me quede pensando que tal vez ella tenía razón, que yo estaba exagerando, que todo estaba bien.

No recuerdo mucho después de eso, empecé a sentirme mal y muy cansada, recuerdo que alguien trataba de jalar mi ropa de mi cuerpo, yo trataba de patear y decir que no pero en algún punto todo se volvio negro y no supe más. 

Desperté sin mi ropa.

Con el cuerpo de un hombre desnudo a mi lado.

La cantidad de sensaciones que inundaron mi cuerpo no las puedo describir, ni siquiera podía hacer sentido de lo que estaba pasando, tomé mi ropa, me fui corriendo al baño y empecé a llorar. Empecé a gritar que se fuera. Encontré a mi amiga y me dijo que estaba exagerando pero que si quería ella me prestaba para la pastilla del día siguiente “por cualquier cosa”.

Tomé mis cosas, me subí a un taxi, llegué a la escuela y me quedé llorando en una banca con una de mis amigas de la universidad a la que le conté lo sucedido, me llevó a la farmacia y me acompañó todo el día, no entré a ninguna de mis clases y mi cerebro estaba en blanco.

Tardé algunos días en poder volver a mi casa, renuncié a mi trabajo y reprobé varias materias. 

No quería ver a nadie, sentía que no tenía nada que decir solo quería llorar, sentía asco de mi propio cuerpo y me reprochaba a mí misma las circunstancias que me habían llevado hasta ese lugar. Pasaba el tiempo leyendo artículos sobre personas que habían pasado por algo similar para tratar de no sentirme tan sola. Sabía que mis amigxs estaban ahí pero mi mente no creía que alguien más pudiera entender lo que estaba pasando. Pasé mucho tiempo sola, queriendo no estar aquí. 

A veces pienso mucho en una foto que me había tomado ese día en la mañana, la recuerdo muy claramente porque siento que después ya no volví a ser ella, ya no volví a verme igual.

Hoy decido contar esto porque 5 años han sido suficientes para mí, porque por fin me doy cuenta de que la culpa no fue mía, porque hoy por fin me doy cuenta que no hay nada que yo podría haber hecho para provocar que esto me pasara. 

La culpa no era mía, ni de dónde estaba, ni de lo que vestía. El violador es él. 

Escribo esto después de mucho tiempo de terapia, de pasar por momentos muy oscuros, de dejarme llevar por relaciones muy malas. Escribo con todas las cicatrices físicas y emocionales que me han quedado, con mucho miedo pero al mismo tiempo fuerte, con una red de apoyo de mujeres increíbles que sé que estarán ahí para mí y con la firme convicción de que sobre mi cuerpo solo decido yo, de que mi cuerpo y mi vida valen. Hoy perdono a la Azalia de 19 años y le agradezco por resistir y por creer que algún día llegaría a sanar, aún cuando todo parecía indicar lo contrario. 

Escribo esto porque tristemente sé que no soy la única persona que ha pasado por algo así, porque sé que no soy la única que ha cargado la culpa por años y lo único que estoy tratando de hacer, es de alguna forma decirle a las personas que me están leyendo que no están solas, que estamos juntas y juntas somos más fuertes, que lo que nos paso no lo causamos nosotras y sobre todo, que lo que nos pasó no nos define.

No es no, nuestros cuerpos son solo nuestros y nuestras vidas nos pertenecen.

Calaverita

Por Natalia Ventura

Ilustración de Andrea Rafols

La calaca confundida y dolida

no entendía porqué en México se perdían

las vidas de 10 mujeres al día

“¿Cómo es que este año a tantas

mexicanas recibo en mis brazos?

¡Yo no las he llamado!”

Lloraba en agonía

porque sabía que a ninguna de ellas

la muerte había llamado.

No entendía cómo a todas,

la violencia machista

la vida les había quitado.

“Esto no es obra mía mis niñas,

en su destino no estaba

que yo por ustedes pasara,

la barbarie que a mí las trajo

es culpa del feminicida

y no un acto por mí orquestado.

Pero no teman más

que aquí yo les doy descanso,

y  allá entre los vivos

las mexicanas buscarán hacerles justicia

para que sus nombres no sean olvidados”.

Entre cempasúchil y veladoras, 

los xoloitzcuintles las guiaba en el camino,

rumbo al merecido descanso eterno

de aquellas almas que injustamente

del mundo de los vivos se fueron. 

La flaca en sus brazos las arropaba

los ojos les besaba y en el último suspiro,

sus nombres llamaba

sus rostros memorizaba

y deseaba que ni una más

de forma tan cruel su vida acabara.

-En honor a las víctimas de feminicidio, 

que su luz y nombre perdure en la memoria. 

Justicia para todas.  

La sabiduría oculta del cuerpo

por Mariana Jasso

Hay quienes dicen que nuestro cuerpo es nuestro primer territorio, otras como yo lo manejamos como nuestro templo y otras quizá hablan de su cuerpa, sea una de estas con la que te identifiques o no, lo cierto es que toda la vida nos enseñaron a odiarnos, fuera cual fuera nuestro cuerpo. Y no sólo eso, nos enseñaron a habitar un cuerpo, a tenerlo, a apropiarnos de él en lugar de ser y existir en conjunto. Quisiera recuperar el siguiente fragmento del libro de “Mujeres que corren con los lobos sobre el cuerpo” de Clarissa Pinkola, psicoanalista junguiana,

“[…] A veces se habla de las mujeres como si sólo un cierto temperamento, sólo un cierto apetito moderado fuera aceptable. A lo cual se añade con harta frecuencia un juicio sobre la bondad o la maldad moral de la mujer según su tamaño, estatura, andares y formas se ajusten o no a un singular y selecto ideal. Cuando se relega a las mujeres a los estados de ánimo coma gestos y perfiles que sólo coinciden con un único ideal de belleza y conducta, se les aprisiona en cuerpo y alma y ya no son libres.”

Sin duda este libro me ha llenado de cuestionamientos constantes, el más reciente es justo sobre mi cuerpo y mis inseguridades. Creo que todas tenemos inseguridades y no sólo sobre nuestro cuerpo, sino también sobre las relaciones, nuestro trabajo y esfuerzos, nuestra familia y amistades; inseguridades de todo tipo se apoderan de nosotras haciéndonos creer que no somos o hacemos lo suficiente, pero no somos nosotras, son las enseñanzas. Se nos ha dicho que nuestro cuerpo no es perfecto y que para serlo debemos hacer dietas especiales, ejercicio y ser correctas, con esto último me refiero a que no podemos permitirnos liberar nuestros instintos salvajes como la intuición y la sabiduría ancestral, toda esa que guardamos justamente en nuestro cuerpo. Vamos a ello.

Nuestros cuerpos saben cómo interactuar con el ambiente y cómo ir fluyendo a través de lo que sucede, incluso hay quienes afirman que las estaciones del año no están ahí por casualidad y que no sólo ayudan a los árboles y animales a sobrellevar la vida, sino que nosotras como humanas también nos movemos a través de ellas, generando ideas en primavera, trabajando en verano, evaluando en otoño y descansando en invierno, pero claro que no hemos sido enseñadas en ello porque entonces, sería escuchar a la naturaleza, a lo “salvaje” y al sistema en el que vivimos no le conviene eso, lo que necesita es que vivamos para trabajar y consumir, a pesar de que, como menciono, nuestros cuerpos tienen esa sabiduría ancestral que viene de generaciones, pero la rechazamos buscando nuevas ideas o pensamientos que creamos están correctos en sociedad. Tenemos que volver a lo ancestral.

Ahora pensemos en cómo el no estar conformes con nuestra corporalidad conlleva a otras inseguridades, porque si no estamos satisfechas con nuestro cuerpo, mucho menos lo vamos a estar haciendo con lo que hagamos con él, así que primero debemos sanar los vínculos que tenemos con los cuerpos de nuestras abuelas, madres y nosotras mismas, y hago mención a sanar estos linajes de mujeres específicamente porque somos quienes hemos recibido esta opresión de manera histórica, sistémica y que nos causa dolor. Aceptar los cuerpos no sólo es su físico, sino también su historia, sentimientos y experiencias, aprender a ser un cuerpo en lugar de tener un cuerpo para poder vibrar en sintonía con todo lo que somos y vivimos a diario. Hay que reconocernos como somos. Clarissa Pinkola menciona en el mismo libro antes mencionado que la diversidad de lobas es lo que las hace fuertes, pues una sin una pata puede entrar a una cueva a comer arándanos, otra loba puede saltar tan alto a un lago que parece un delfín y otra podría tener la gracia de una bailarina al tomar agua de un estanque, porque ser diferentes nos hace mágicas y extraordinarias.

Aceptar nuestros cuerpos no es fácil, ¿cuánto tiempo nos llevará? No lo sabemos, son procesos individuales y propios, hace poco leía un artículo de una amiga querida llamada Lisseth donde compartía su experiencia compartiendo su cuerpo y cómo había pasado muchas cosas para al fin aceptarse y quererse, así que cada una tendrá su reconocimiento que conllevará dolores, pérdidas y experiencias nuevas que lleven a entender al cuerpo como un ser multilingüe que habla a través de su temperatura, su color, su olor, etc. ¿No es verdad que tu cuerpo te indica cuando tienes miedo o cuando el fuego de una excitación al estar con quien amas en un momento de pasión llega a ti? O quizá recuerdes que tu corazón latía fuerte por una decisión importante que debías tomar y te decía qué hacer, tal vez le escuchaste, tal vez no, pero eso sólo te sirve de experiencia ahora que iniciarás esta aceptación corporal y empezarás a ser, con todas las letras que tiene esa bella palabra.La sabiduría está en nosotras, sólo necesitamos regresar a ella y confiar. Cuando empecemos a aceptar, cuidar y amar nuestro cuerpo, veremos poco a poco como las otras inseguridades desaparecen o se trabajan más y mejor. Y como una mujer sabia llamada Patricia Yllescas me dijo alguna vez: aprecia la respiración porque tienes el ciclo sagrado de la vida, cuando naces inhalas y cuando mueres exhalas, tienes más poder del que crees cuando respiras y vives. Y sí, cada respiración es una decisión, así que aceptemos esa sabiduría que ya nos fue dada.

Feminismo en dos ruedas

«El uso de la bicicleta ha hecho más por la emancipación de la mujer que cualquier otra cosa en el mundo»
Susan B. Anthony, en una conversación con Nellie Bly.
por Natalia Hache.

“Antes pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea. Lo peor que he visto en mi vida es una mujer montando en bicicleta”, Una corresponsal del Chicago Tribune el 25 de julio de 1891.

Desde chica mi papá se preocupó por enseñarme todo tipo de deportes; nadar, tirarme clavados y montar la bicicleta; empecé con llantitas y poco a poco se las fuimos quitando; como a toda niña. Sin embargo, entre más crecía, más me enseñaba la vida lo maravilloso que puede ser andar en “rila”.

No fue hasta hace pocos años que descubrí, y digo descubrí porque así fue, que podía montar en la ciudad y en la montaña; que podía moverme por donde quisiera tomando las riendas de mi destino, de mi futuro.

Este transporte que está conformado por dos llantas, un cuadro, un manubrio, un asiento, frenos y más, tienes que aprender a domarlo, a sentirlo, a vivirlo como uno solo, porque si algo me han repetido mi mentor en la bici (mi papá) infinidad de veces es que “tú y la bici deben de ser uno mismo”.

Andar en la montaña es de las formas más bonitas que he conocido para empoderarme; una bici, un casco y guantes; es surcar la colina con mis piernas, llegar hasta la cima pedaleando y ya que llegas arriba, tienes que soltarla (te) para bajar a la velocidad que tu libertad te permite, es sentir el aire en la cara, la velocidad en la piel y tomar decisiones para seguir liderando tu libertad, tu movimiento, tu espacio, tu independencia.

La bicicleta es un emblema para la libertad de las mujeres, desde siempre ha sido una de las herramientas que nos ha dado poder en la calle. Surge a finales del siglo XIX cuando todavía se creía que la mujer pasaba a ser propiedad del marido cuando contraía matrimonio con un hombre.

En el año de 1890 cuando se les otorgó esta arma de poder a las mujeres vino una revolución hasta en la ropa; fueron dejando las faldas largas y pesadas junto con los corsés para usar los pantalones y la ropa ligera, pues la comodidad era lo principal.

Debido a la autonomía que vivían las mujeres en la bicicleta, se buscó de mil y un formas alejarlas de ella; crearon estudios diciendo que las dejaba estériles, que podían quedar infértiles y hasta alguna que otra creencia que decía que las mujeres utilizaban la bicicleta como un “objeto sexual” donde se estimulaban andando en ellas y crearon un asiento duro para que provocar estas fricciones.

Andar en bici en la actualidad sigue siendo parte de nuestra revolución, sobrevivir a las duras calles de concreto, al acoso callejero, a los pocos espacios que nos brinda la ciudad para disfrutar la bicicleta y sobre todo a la poca consciencia que hay sobre que la ciudad es de todos, sólo nos marca una pauta; la revolución se hace en bicicleta.

Hoy la “bicla” sigue siendo un emblema de libertad, movimiento, de la capacidad de conocer un entorno sin depender de nadie; autonomía, de seguridad y sobre todo, un medio de transporte sustentable, que nos permite ser libres desde que pedaleamos.

De nuestra autora de hoy

Natalia Berenice Rodríguez Hernández. Nací en Guadalajara, Jalisco, desde que recuerde me han gustado los libros y las letras así que decidí estudiar comunicación y el destino y una entrevista me llevaron a uno de mis oficios: la docencia. También me dedico a cuidar plantas y me considero fiel creyente de que el pozole no debería ser comida mexicana.
Redes: @Eneberreache

Como ha sido vivirme en cuarentena

-NAIAN ÁLVAREZ-

Desde hace más de tres meses que vivimos en cuarentena, en un inicio la principal preocupación fue protegernos del virus, cuidar a las personas que queremos y con las que tenemos, o teníamos contacto constantemente, además de poder subsistir en confinamiento. Sin embargo, nadie nos advirtió que lidiaríamos con nuestras ansiedades y depresiones derivadas por el encierro, el lidiar constantemente con nuestro amor propio o incluso, batallas dentro de los hogares personales por ser “demasiado feminista”, orgullosa mujer lesbiana y la lista interminable de problemas que muchas viven (vivimos) o han vivido.

Poco después de las primeras semanas en confinamiento con el cambio de carga y demanda de energía al trabajo en la nueva “realidad virtual” (una normalidad a la que muchas de nosotras hemos tenido que adaptarnos), donde a modo personal he tratado de romper la barrera tecnológica para crear espacios más humanos a la medida de lo posible. Me di cuenta que el contacto a través de una computadora, depende de recursos fuera de nosotras como el internet, que cargue la aplicación, entre un montón de factores fuera de nosotras, esta situación llegó a estresarme muchísimo lo cual poco a poco se convirtió en ansiedad y depresión (hacía todas mis actividades con el doble de esfuerzo, las ojeras marcadas y un dolor en el cuerpo horrible).

Me he descuidado de manera física al ya no hacer actividad física como antes y, por las horas de demanda de esta nueva realidad me volví sedentaria; comiendo para no morir de ansiedad, por dedicarle tiempo al trabajo, a la escuela y las labores domésticas, que han ido en aumento, he subido de peso. En esa red de cuidados que tejí con mis familiares, amigxs y seres queridxs se me olvido uno fundamental, auto cuidado. 

Cada vez que me miro al espejo me cuesta reconocerme de nuevo, sé que mi cuerpa es hermosa pues me ha sostenido toda mi vida, que hay que aceptarla y que parte del descontento que vivo es causado por esos estereotipos patriarcales y euro-centristas causados por bombardeos masivos a los que hemos estado expuestas desde niñas para “encajar en la imagen femenina de perfección”. No obstante, por más que una se esfuerce, a ratos, volverse a encontrar en la imagen que vemos de nosotras mismas cuesta muchísimo trabajo. 

Recuerdo que leí hace tiempo un texto que decía “Necesitamos liberar nuestro concepto de nosotras mismas, como un acto de profunda liberación”, es lo que he trabajado estas últimas semanas, estoy tomando conciencia de lo que implica vivir con depresión y darle seguimiento para salir de ello. Tomo conciencia de lo que significa ser lesbiana para que deje de sentir que es una categoría y re-significarla para mí, tomo conciencia de lo que significa declararse feminista y todo lo que el feminismo me ha regalado en este tiempo, desde mejores vínculos afectivos, amigas que me salvan la vida, hasta un planteamiento y de-construcción para volver a construir y apropiarme conceptos que mejoren y hagan feliz a mi persona.

No hay una sola manera de vivir el confinamiento, ojalá pudiéramos googlear cómo sobrevivir en esta pandemia sin tener a nuestras amigas cerca para apapacharnos cuando a nosotras nos cuesta trabajo, tampoco hay una manera de ser mujer, de vivir con algún trastorno alimenticio, una enfermedad mental, de lidiar con todos los estereotipos impuestos, de ser feminista (desde la multiplicidad de feminismos que existen), ser bisexual, ser una mujer trans, lesbiana, pansexual o una mujer en busca de su identidad y felicidad. 

Hay que rescatar y volver a las cosas que nos hagan felices, no creo en “la pequeña felicidad” creo que todas son muy grandes, nos salvan constantemente de tristezas que matan. Dentro de todo hay cosas que nos abrazan y otras que no, poco a poco espero que al mirarme en el espejo pueda volver a reconocerme, abrazarme y que todas las emociones y situaciones que he vivido en cuarentena multiplique el amor propio y aprenda de ello. Espero que ustedes lo hagan igual y sepan que hay alguien que las abraza desde lejos.

De nuestra autora de hoy

Andrea Naian Álvarez Rodea, Ciudad de México 1999, estudiante de la licenciatura Lengua y literaturas Modernas Francesas en la Facultad de filosofía y letras de la UNAM.

¿Soy feminista?

por Marcela Salazar


Constantemente me pregunto ¿tengo claro qué es el feminismo? ¿entiendo todo lo del feminismo? ¿soy feminista? ¿el feminismo es bueno o malo? ¿por ser mujer debo ser feminista? ¿si no soy feminista, eso significa que soy machista? ¿tengo que decir que soy feminista? En fin, muchas preguntas que tengo y necesitan mis respuestas para saber quién soy, por lo que trato de resolver estas dudas en este artículo.

Normalmente, no me gusta posicionarme como una cosa y otra, ni me gusta tomar partido por alguna causa, ya que creo fielmente que cada realidad es individual y es distinta para cada persona. Sin embargo, creo que es hora de pensar ¿cuál es mi realidad? ¿cuál es la realidad de una chica de 24 años que vive en México? ¿ y cuál es la realidad de esta misma chica en otros contextos?

Desde que tengo uso de memoria, debo cuidarme de estar sola, de estar muy tarde en la calle, de pasar por espacios oscuros, de ver que nadie me siga (en especial hombres) y bueno, esto parece “común” entre la población mexicana bajo nuestro contexto de inseguridad, pero creo que en mí hay un miedo mayor que en mis hermanos. Y no lo digo porque sean hombres nada más, sino porque fuimos criados de distinta manera para que yo tener ese miedo y ellos no. Percibo que nuestros miedos son distintos, mi miedo en una noche oscura es de ser violada, golpeada, secuestrada y vendida para explotación de mi cuerpo, y creo que el miedo de alguno de mis hermanos se acerca más a ser golpeado, mutilado y asesinado.

A veces ya no sé qué miedo es peor, o cómo distinguir entre un homicidio y feminicidio, o dudo de si la violencia es sólo para las mujeres y no para todos, así que trato de crear mis propios filtros para estas confusiones. Me pregunto ¿esto hubiera pasado si hubiera sido hombre? ¿esto lo sufren mujeres, hombres, niños y animales? ¿cuál es la razón de que esa injusticia?

Estas preguntas me llevan a la conclusión de entender que sí, sí hay diferencia entre la educación de mi hermano y la mía, entre su protección y la mía, entre sus permisos y los míos, entre lo que me enseñan a pensar a mí y a él, entre la forma que se juzga mi sexualidad, éxito, felicidad y la de él, así como muchas cosas. No culpo a mi hermano, no culpo a mis padres, no culpa a alguien en específico, culpo a ideas retrógradas que nos han hecho pensar que son para la seguridad de esta sociedad; ideas que piensan que por “permitirnos” votar y “salir de la cocina” ya es suficiente, sin aún extendernos el resto de los derechos de todas las personas.

Dicen que está ocurriendo la cuarta ola feminista, es decir,  la activación masiva del movimiento feminista que plantea una lucha por los derechos de las mujeres marcado por grandes manifestaciones de distinto tipo (pacífica, violenta, cultural, musical, con pinturas), denunciando la violencia contra las mujeres, la disparidad en oportunidades políticas, la discriminación por el género y otras violaciones de Derechos Humanos.

Al igual que las otras olas feministas, este movimiento hace un llamado a la sociedad para realizar cambios estructurales sociales que aún no están resueltos. Invita a las mujeres a alzar la voz, identificarse y respaldarse con empatía sobre la situación que viven las mujeres. Por otro lado, se convoca a los hombres a respetar, comprender y cooperar con las mujeres para equilibrar las condiciones sociales.

Hoy me sumo a la cuarta ola feminista, sumo mi voz, mis acciones diarias, mi pensamiento, mi corazón y alma a creer que podemos ser parejos, sin una dualidad de poder, sólo con el permiso de gozar todas y todos los derechos. Por lo tanto, hoy contesto a la pregunta que no me atrevía a contestar por miedo a ser juzgada, tachada de loca, delincuente, “feminazi”, “hembrista”: ¿Eres feminista?

Mi respuesta es sí, soy feminista. Soy una mujer que sueña con sentirse segura y con gozar sus derechos humanos, sociales, económicos y políticos. Una mujer que desea que exista la educación sexual, la extensión de métodos anticonceptivos y la legalización del aborto. Pero sobretodo, un ser humano que cree en la equidad, empatía y solidaridad entre personas.

Esto no es una declaración de guerra a cualquier otro género que no sea femenino, sino más bien, una invitación a reflexionar sobre otras realidades. Hoy sigo aprendiendo del feminismo, de sus corrientes y de sus acciones. Existen cosas que aún no comprendo desde mi realidad, pero puedo apoyar a alguien a la que su realidad es distinta. De esta manera contribuyo a la creación de un mundo más equitativo para everybody.

De nuestra autora de hoy

Marcela Salazar es una internacionalista interesada en la evolución del pensamiento a partir de la reflexión. Le fascina la piña y las jirafas.

Instagram: mars.salazar
Facebook: https://m.facebook.com/salazar.marce

¿Quién nos cuida a nosotrxs?

por Sarahí Castro Contreras.

Me expreso desde un lugar donde muchas mujeres hacemos frente a la pandemia mundial; desde las tareas de cuidados. Hace unos meses comenzó este régimen donde uno desobedece a la gravedad y comienza a girar en torno a otro sujeto  y de cual, muy difícilmente te puedes deslindar si no es por un milagro médico o un hecho trágico. De cualquier forma, se experimenta un turbulento proceso  en el que no tienes control y la corriente te estrella, arrastra y escupe a su voluntad. 

Pensar en las tareas de cuidados tiene una dimensión gigantesca, y claramente, en nuestra sociedad; es atravesada por el género. No sólo se trata de paliar el dolor del enfermo sino que tienes que lidiar con el tuyo al mismo tiempo; dejar de salir, cumplir con la agenda médica, trámites, condicionar tu rutina de manera indefinida, entre otras muchas cosas y es ahí cuando te das cuenta que tu ya vivías en confinamiento. Ahora con la pandemia, la situación se agrava y entonces ya no puedes ni recibir a tus personas de apoyo: parientes, amigos ni pareja sentimental. No importa si eres joven y puedes desafiar las medidas como el resto de tus amigos, sobre ti  pesa la responsabilidad de una persona altamente vulnerable. Sonará egoísta tal vez y  te dirán “No pasa nada, es solo unos meses” “Mejorará”  pero tú llevas meses alejada, intentando mantenerte a flote con tus deberes como cuidadora, tareas del hogar, responsabilidades académicas y profesionales. Si antes de la pandemia nadie nos cuidaba, me pregunto ¿Quién nos cuida ahora? cuando estamos más aisladas, cansadas y con más ansiedad. 

Vivimos en una constante lucha porque queremos cuidar, pero también, porque tenemos que hacerlo, ya no se sabe si es deseo o es obligación. Cuando nuestras cuerpas y mentes están agotadas y te quejas; te avergüenzas  y viene la culpa porque bueno … tú no estás enferma, por lo menos no físicamente pero tu espíritu va sucumbiendo y cuando quieres claudicar y delegar tareas te señalan como “la peor de todas” -no sé de qué te quejas si es tu única tarea- y más si eres mujer y todavía peor, la menor. 

¿Cómo podemos situarnos ante la incertidumbre de la pandemia y sus estragos si previamente ya estábamos en un lugar similar que era ignorado? no eras reconocida, ni valorada porque uno es en función del enfermo y no por sí sólo. Me sitúo desde mi dolor, ansiedad, frustración y rabia en la que estas dos crisis, una personal y la otra social, me atraviesan así como a millones de mujeres más. Aún así reconozco mi privilegio y sé que soy afortunada al saber que no tengo que preocuparme por el pan de cada día pero sé que las cuidadoras del mundo lo procuran diariamente, aún en las más precarias situaciones, con el afán de preservar la vida.

A lo largo de estos meses he podido conectar con otros cuidadores , sabiendo que no soy única ni en mi función, ni en mi angustia y que este cansancio, rabia y culpa es compartida y siempre preguntándonos ¿Quién nos cuida a nosotrxs? pensando que el Estado y la sociedad  mexicana no contempla sistemas de cuidados, ni siquiera los considera un trabajo.

 El territorio del cuidado es uno que el sistema patriarcal nos ha asignado a las mujeres tradicionalmente, es pensado como una capacidad innata de la mujer y el cual no es remunerado ni reconocido como un trabajo esencial para el mantenimiento de la vida.

Pensando en el ejemplo de Segato donde el cuerpo femenino mantienen el sistema, me pregunto: ¿ Cómo puedo ser parte de esa comunidad de cuerpos que sostienen la estructura si apenas puedo sostenerme a mí misma? Que el propósito de este texto no sea una mera queja ante el confinamiento y los cuidados, sino una denuncia de la invisibilización histórica de todes aquellos que ponemos el cuerpx para defender y procurar la vida de los que luchan por vivir.

Redes: @sarahi_casc
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Se robó mis datos y me escribió de madrugada

por Maria Fernanda Flores

Hace unas semanas recibí por la madrugada un mensaje de WhatsApp desde un teléfono desconocido: ¨Hola. Buenas noches. ¿Eres Fernanda?¨. Mis señales de alarma se encendieron en cuanto leí mi nombre. ¿Quién me escribía a esas horas desde un teléfono desconocido y dirigiéndose a mí por mi nombre? Mi estómago se hizo nudo y la ansiedad se disparó. 

Unos minutos después descubrí que era un chico que me había atendido al hacer un pago y quien había decidido guardar mi número de celular. Al saberlo, me sentí aún más vulnerable, preocupada y en peligro. ¿Y si era un acosador? ¿Y si tenía más de mi información privada? Decidí seguirle un poco más la conversación para definir si era una amenaza a mi integridad. 

Mi mente era una maraña de ideas, de esas que todas las mujeres sentimos al saber que un hombre se siente en el derecho de reclamarnos atención sin siquiera conocernos. Sin embargo, lo tomé como una especie de experimento social para entender mejor qué pasaba por la mente de este personaje. Trataría de educar a un hombre promedio sobre el acoso que vivimos las mujeres a diario y por qué robarse mi número de celular no es una estrategia de conquista. Spoiler alert: no funcionó.

Desde un principio le dejé muy claro que me parecía muy mal lo que había hecho y traté de explicarle por qué no era la manera para acercase a alguien. No es de sorprender lo que sucedió después: propuestas sexuales explícitas y comentarios no solicitados sobre mi cuerpo. Insistí en el concepto de consentimiento, pero como siempre, no le interesó mi opinión.

Al pasar de los días, me fue contando más sobre su vida, sus parejas, su atracción hacia mí. Todo me parecía un discurso muy ensayado y trillado, enfocado en ¨seducirme¨ insistiendo en sus medidas anatómicas, su capacidad de satisfacer a sus amantes y su gran desempeño en el colchón. Además de su constante recordatorio de quererme enviar dick pics. Yo ya tenía confirmado que cumplía con todas las características tan normalizadas en los hombres: irresponsabilidad afectiva, nulo cuidado de la salud de sus parejas, limitado conocimiento de anatomía femenina, enfoque únicamente en el auto-complacimiento, acosador e hipersexualizado. 

Sin embargo, el culmen llegó cuando le pregunté sobre su salud sexual. Ya que según sus propias palabras, había tenido una gran lista de parejas, insistí en sus rutinas de prevención de ITS y análisis periódicos. No me sorprendió que en siete años de actividad no se hubiera realizado ninguna revisión o consulta médica. La sangre me ardió al saberlo y di por terminado el experimento, mi paciencia se agotó y lo confronté. Al cuestionarlo sobre ello, sus respuestas se volvieron violentas y su actitud arrogante, se rompió la burbuja de ¨cortejo¨ y pasó a ser de agresión. Otra muestra de esta masculinidad herida frente a alguien como yo. 

No podía callarme y fingir que todo estaba bien cuando las mujeres ya sufrimos violencia sexual de tantas maneras. Sólo basta recordar que existen prácticas como el stealthing (retirar el condón sin consentimiento), que el 90% de las mujeres con VIH lo adquirieron de su pareja estable (AHF México) y se estima que el 90% de las mujeres mexicanas ha tenido VPH (CEDOC INMUJERES). 

No podemos callarnos ante estos individuos que sólo sexualizan nuestros cuerpos, nos ponen en riesgo y se aprovechan de su posición para acosarnos. Si bien aprendí un poco más sobre cómo piensan, es algo que no volveré a hacer. No le dedo mi tiempo, atención o respuesta a nadie, menos a un hombre que sólo piensa en aprovecharse de cuerpos femeninos para su propio placer. 

Cuando aprendí de sororidad

Mariana Jasso

Dedicado a ella

Lo que nos acontece en nuestra vida privada debería ser tema en la vida pública también, porque si una una mujer vive violencia doméstica, debe preocuparnos que sus derechos no se están cumpliendo, por eso decimos que lo personal es político; por esta razón y porque de todas las situaciones, por terribles que sean, hay algo para rescatar y crecer, voy a abrir mi alma y mi corazón en este escrito que habla de cómo aprendí a practicar la sororidad.

¿Qué es la sororidad?, Es un maravilloso término que creó y difundió la doctora Marcela Lagarde, que la define en su libro El feminismo en mi vida como:

 “La sororidad es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia subjetiva de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.”. 

Es un pacto político entre mujeres para generar un bienestar y dignidad por y para nosotras, así que este espacio de eso se trata, de llevar la sororidad de la teoría a la práctica.

La sociedad y el sistema han creado disputas y enfrentamientos entre mujeres, viéndonos como objetos de consumo que se pueden “ganar” o “perder”, donde nuestra plusvalía va desde qué tanto nos arreglamos para salir a la calle hasta cómo cocinamos. También se nos ha enseñado el odio a nuestro cuerpo sea como sea, a ver nuestros defectos antes que nuestras virtudes; se nos han enseñado prácticas de auto-odio. Y es por ello, por lo que les contaré, cómo mediante una situación difícil, ella y yo logramos la sororidad y el amor propio.

Empezó todo en mayo de 2019, cuando volví a hablar con un chico con el cual había tenido una relación. Él y yo vivíamos en un constante estar y no estar desde hace tres años, pero el amor romántico a veces gana la batalla y te hace pensar que esta vez todo va a ser diferente. Pero no. Él y yo nos mensajeábamos todo el tiempo, hablábamos por teléfono cada dos o tres días y todo iba de maravilla, a pesar de la distancia porque él vive en otro estado y yo en la CDMX, pero vamos, que el amor todo lo puede ¿cierto? que a pesar de la distancia y el tiempo si es amor va a durar. O al menos eso es lo que nos dicen. 

En julio él vino de visita, nos vimos aquel martes 16 y la pasamos maravillosamente. Fuimos a un festival de flores y plantas, después lo llevé a que probara mis tacos veganos favoritos y finalmente a Parque México. Ahí, estuvimos hablando de lo que en otras ocasiones habíamos planeado: conocer lugares, viajar, tatuarnos e incluso casarnos. Pero nada de eso era cierto, al menos no para él. El 20 de julio lo volví a ver y fuimos a comer, cuando nos despedimos me dijo que probablemente esa sería la última vez que le veía, y yo le dije que claro, empezaba el semestre y con eso las tareas, los exámenes, los proyectos, etc. pero nos veríamos una vez que ambos saliéramos de vacaciones. Él sabía que no sería así. En la noche de ese sábado, un mensaje llegó a cambiarlo todo; era ella deseándome una vida feliz a lado de él y diciéndome que entre mujeres la guerra no debería ser, yo no tenía ni idea de quién era, pero bastó un rápido intercambio de mensajes para darnos cuenta de que ambas estábamos en una ilusión constante con dos meses previos de duración, ella me pidió mi teléfono y hablamos unos minutos, en los cuales lloramos, fuimos honestas una con la otra y lamentamos mucho que estuviéramos pasando por algo así de terrible. Es increíble que, con todo el dolor, la impotencia y la impresión que vivíamos en ese momento, nos hicimos fuertes una a la otra, porque a pesar de no conocernos, compartíamos más que cualquier otro conjunto de personas en ese momento en el mundo, no hacía falta hablar, las dos sabíamos exactamente por lo que estaba pasando la otra y nos limitamos a hablar bien de ambas, a recordarnos lo maravillosas que somos y que ninguna tenía la culpa de nada. Un abrazo a la distancia y la luz enviada de otro estado a CDMX y viceversa, terminó la conversación.

El día siguiente le mandé algunas imágenes que creí le ayudarían, las aceptó con amor y gratitud, hablamos de todas las promesas que teníamos con él y eran exactamente las mismas; él había abusado de nuestra confianza, nuestra entrega y nuestro amor, sin embargo, nos hicimos fuertes la una a la otra. Unos mensajes más de empatía, reconocimiento del dolor y aceptación fueron la culminación de nuestros entendimientos mutuos.

Hoy veo ese día como algo muy significativo en mi vida, no sólo aprendí donde no quiero estar y cómo no quiero ser tratada, sino que también viví un proceso maravilloso con alguien que estaba viviendo lo mismo que yo y que, a pesar de que a ambas nos rompieron el corazón al mismo tiempo, decidimos no lastimarnos entre nosotras aún más, nos abrazamos con feminismo y aceptación, creamos una corta pero fuerte relación basada en esa sororidad de la que hablábamos, y para mí eso también es un acto de rebeldía al sistema. 

Pienso que, si alguna de las dos no hubiéramos tenido esta conciencia feminista, la situación que hoy escribo sería muy distinta, así que agradezco estar en este contexto de conocimientos y auto cuestionamientos que nos hacen reivindicar las relaciones entre mujeres. Qué maravilla poder ser feminista y reconocer cuando no fue tu error ni el de ella.

Ojalá quien lea esto no pase jamás por un proceso de engaño, pero si es así, que se construya desde otros espacios, porque, ver las cosas con feminismo y empatía, hizo que la sanación fuera más sencilla y rápida. Ojalá reivindiquemos el amor y las relaciones de género y ojalá luchemos todos los días porque las mujeres tengamos una vida digna.

Que el amor propio nos cuide y nos cure.

Gracias a las mujeres que lucharon para que hoy pudiera escribir.

Gracias a ella. 

Gracias a la vida.