Carta editorial Abril – Más unidxs que nunca

Natalia Ventura

Hace algunas semanas que nuestro mundo se paralizó. En cuestión de días, nuestras actividades cotidianas como ir al trabajo o ir a la escuela se vieron amenazadas por una pandemia global que nos ha obligado a transformar casi por completo nuestro día a día. 

Sabemos que son tiempos difíciles, y que la situación es compleja, que presenciamos un acontecimiento histórico que pone en tela de juicio todos los aspectos de la vida moderna. La ansiedad, el miedo y la incertidumbre están en todas partes y es común que nuestro estado emocional no sea mejor en estos momentos, pero queremos recordarles a todas y todos nuestros lectores que, estén donde estén, les abrazamos y que, sea cual sea la situación particular que estén enfrentando con esta crisis, les deseamos que puedan encontrar los espacios, momentos y actividades para procurar su salud física,  mental y emocional. 

Por eso, creemos que es tiempo de “desconectarnos”, que espacios como el nuestro difundan contenido que nos recuerden que, incluso en tiempos de crisis, seguimos juntxs. creemos que es importante fortalecer los lazos que nos unen para que cuando esto acabe, salgamos más unidxs que nunca. Con este afán, queremos darles un respiro de contenidos amarillistas, compartir con ustedes un nuevo proyecto que viene a sumar a lo que ya hacemos en la Ola. Queremos brindar un espacio que nos ayude a sentirnos mejor con nosotrxs mismxs y que nos ayude a hacerle frente a lo que está pasando, compartiendo contenido muy sencillo, desde recetas de comida, tips de autocuidado y bienestar, música, arte, etc… 

Hemos decidido ampliar nuestros horizontes y diversificarnos, sin dejar de lado nuestra razón de ser; el seguir siendo un medio para todos los feminismos. Esperamos de corazón que sea de su agrado y sobre todo, que les permita darse un respiro de la situación que estamos viviendo. 

Finalmente pero no menos importante, les queremos recordar a todas las mujeres que viven situaciones de violencia de cualquier tipo, de desigualdad o cualquier otra clase de situación difícil que se vea agravada por el resguardo, aquí estamos, seguimos siendo una red de apoyo para todas ustedes

Les deseamos mucha fuerza, luz y amor! 

Saldremos de ésta para volver a abrazarnos. 

No quiero salir de casa

Karen Castro

 

No quiero salir de casa, porque si salgo tendría que pensar en un montón de cosas. Tendría que pensar por ejemplo en que me voy a poner. No quiero pensar en que me voy a poner, porque tendría que escoger entre maquillarme o ponerme una falda, porque se que no puedo usar las dos cosas al mismo tiempo. No quiero salir de casa, porque para salir tendría que pensar en la hora, si quiero salir tengo que ver el reloj ¿Qué hora es? Si voy a trabajar tengo que ver que haya luz de día para no tener que caminar en la oscuridad. No quiero salir de casa porque si voy a salir temprano no puedo usar las botas de tacón que me gustan, ¿cómo voy a correr si tengo tacones?

 

No quiero salir de casa porque si tengo que caminar y hoy sí decidí ponerme la falda que me gusta tengo que hacer como que no existe el hombre que me mira cuando camino al tren mientras hace gestos obscenos. No quiero salir de casa porque al usar el camión tengo que hacer una proeza monumental de no rozar con el cuerpo de nadie en un espacio de poco más de un metro lleno de personas a las 8 de la mañana. 

 

No quiero salir de casa, porque al regresar será de noche y tendre miedo al caminar por la calle sola y a oscuras, tendré un miedo que sube por mi espina dorsal y llega a mi cabeza haciéndome trotar más rápido para llegar a la puerta con las llaves en la mano. ¿Cómo era que uno debía de caminar para que no lo violaran? ¿Tienes que caminar como hombre y mover los hombros para no lucir “femenina”? ¿O era que no podías llevar el pelo suelto porque era más probable que te lo jalaran?.

 

No quiero salir de casa porque si quiero ir a bailar tengo que tener cuidado de que “un hombre me acompañe”, si quiero salir a bailar tengo que salir una hora antes que mis amigos hombres, ¿cómo se vería si pido un Uber a las 9:00 pm?. No quiero salir de casa, porque para salir tengo que cruzar la puerta y pensar si voy a estar segura, ¿cómo era que uno minimizaba las posibilidades de una violación por parte del conductor? ¿tienes que subirte al teléfono o hacerle plática? Ya no recuerdo. No quiero salir de casa porque si quiero arreglarme tengo que cuidarme de no ir muy destapada, tengo que pensar en que mi ropa podría parecer una sugerencia. No quiero salir de casa porque si quiero bailar tengo que cuidar no “bailar muy atrevida”, no vayan a pensar que estoy buscando algo. 

 

No quiero salir de casa porque incluso para salir a casa de mi abue tengo que pensar en un montón de cosas, tengo que cuidar no ir muy descubierta “o podrían pensar algo”. No quiero salir de casa, porque de ir a visitarla tengo que quitarme la minifalda y ponerme un pantalón, tengo que tener “vergüenza” de no enseñar las piernas, aunque haga calor tendría que ponerme un fondo debajo de la falda si decido usarla. No quiero salir de casa porque el largo de mi falda importa más que el largo de los shorts de mis primos al jugar fútbol. 

 

No quiero salir de casa porque en este país mi hermano no tiene que pensar en esas cosas al salir. Ni mi hermano, ni mi papá, ni mis tíos, ni mis primos, ni mis amigos. Por que aunque la inseguridad sea una cosa de todos los días para todos yo tengo que pensar en un montón de cosas y ellos no.

 

No quiero salir de casa porque tendría que leerle la mente a los hombres con los que me encuentro en el camino para no provocarlos y estoy cansada, cansada de pensar en violaciones aunque sea una vez al día, cansada de pensar en la violencia, cansada de tener miedo, de ver a los hombres que caminan y pasan y vienen y van como dueños de la calle y tener que pasar inadvertida, de no querer llamar mucho la atención para estar segura. No quiero salir de casa porque tengo miedo de un día ya no volver, como Ingrid o como Fátima o como Imelda y todas las otras que un día salieron y no volvieron, y no volverán jamás, porque ni todas esas precauciones las pudieron salvar.

 

Este 9 de marzo no voy a salir y me voy a quedar en casa, voy a hacer como que no existo, como que no estoy, como que desaparecí junto con las otras miles de mujeres que tampoco saldrán porque ellas igual que yo también están cansadas, cansadas de vivir en un país que nos ignora pero nos necesita, cansadas de que si una aparece en la calle, en una bolsa o simplemente no aparece al final siempre va a ser nuestra culpa. Este 9 de marzo no voy a salir y me voy a quedar en casa porque mañana quisiera despertar y no tener que pensar en un montón de cosas y poder trabajar, estudiar y vivir sin miedo, porque aunque no lo he tenido para mi quiero que mi prima o mi sobrina o mi hija mañana no tengan que pensar en un montón de cosas y quieran salir de casa. Este 9 de marzo no voy a salir y me voy a quedar en casa pero mañana, mañana voy a ser libre. 

Nada más político que el cuerpo

por Luis Ángel Castellanos

Decía Hermann Hesse que para nacer hace falta romper un mundo. Si bien es cierto que el escritor alemán tuvo, a lo largo de su vida, actitudes e ideas reprobables, muchas personas podremos identificarnos con esta máxima: “El que quiere nacer tiene que romper un mundo”

Cuando se nace en esta sociedad siendo cualquier cosa distinta a un hombre cisgénero, heterosexual y blanco, día a día hay que romper el mundo. Hay que desgarrarlo desde adentro, desde su gente, desde sus ideas y su historia. Hay que romperlo para conseguir espacios, para conquistar trincheras y para ganar un cuerpo. 

Históricamente las mujeres han tenido que luchar por sus derechos y conquistarse cada espacio que ahora poseen. 

Simone de Beauvoir escribió que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Y tenía toda la razón. Sólo por su luchas, por su resistencia y por sus victorias es que la mujer ha llegado a serlo. Realmente, aquello que ha permitido que la mujer sea ciudadana, que tenga voz, voto y oportunidades, ha sido ella misma, que, a través sus propios medios y con sus propias manos ha desgarrado al mundo. Y lo ha hecho desde muchos frentes: desde las aulas, devorando libros; desde las calles, lanzando piedras y rompiendo vidrios; desde las empresas, desde las urnas, desde las cámaras legislativas y los espacios públicos. Desde todos lados. 

“No se nace mujer, se llega a serlo”. Se llega a serlo cuando la mujer es más que el útero y la vagina que engendran y paren. Se llega a serlo cuando la mujer es más que el objeto al servicio del placer masculino. Se llega a serlo cuando la mujer es más que el cuerpo confinado al hogar y a las tareas domésticas.  

Cada derecho, oportunidad y espacio que la mujer ha conseguido han sido frutos de una batalla, y cada lucha, cada protesta, cada resistencia han hecho un mundo mejor no sólo para ellas, sino para la humanidad entera. Sin embargo, de entre todas sus conquistas, vale la pena reconocer aquella más importante: su propio cuerpo. 

No hay un solo movimiento de liberación y búsqueda de derechos que no consagre en primer lugar al cuerpo. Y es que, el cuerpo es lo único con lo que el humano llega al mundo, y lo único con lo que se va de éste. Por ello, la conquista más grande que se puede hacer es el ganar el derecho, la autonomía y la decisión sobre el cuerpo propio. 

Y las mujeres lo han conseguido. Es cierto, que existen aún batallas pendientes por ganar (por ejemplo, la universalización del derecho a elegir o no la maternidad), sin embargo, definitivamente la mujer ha conseguido apropiarse de su cuerpo. 

Cuando viven su sexualidad libremente, y con ello obtienen placer, han conseguido apropiarse de su cuerpo. Cuando le dicen “no” al servir como objeto, han conseguido apropiarse de su cuerpo. Cuando se ponen la minifalda que les gusta, para complacerse a sí mismas, han conseguido apropiarse de su cuerpo. Cuando deciden llegar más y más lejos en su profesión y ser más que un útero, han conseguido apropiarse de su cuerpo. Cuando con plena voluntad deciden la maternidad, han conseguido apropiarse de su cuerpo. 

Cuando salen de fiesta, a bailar y cantar al ritmo de su canción de reggaetón favorita, rodeadas de sus amigas, han conseguido apropiarse de su cuerpo. Porque, ¿quién podría dudar que esta escena es política? Mujeres reunidas en un lugar público por su gusto, escoltándose entre sí, moviéndose al ritmo de la música, en un momento de intimidad compartida del que sólo a través del consentimiento se puede ser parte. Rebelarse a todas aquellas ideas obsoletas. Romper con la mujer servil, sumisa y esclava del hogar y del hombre. Rebelarse a todo esto es un mensaje claramente político: aquí estamos porque queremos, con quien queremos, haciendo para nosotras mismas y con nuestro cuerpo lo que queremos. 

Romper al mundo es una acción política, porque lo que se haga hoy en lo privado, cimentará el camino para lo que será público el día de mañana.  Y en realidad, no hay nada más político que la apropiación cuerpo mismo.

50 años de infeliz matrimonio

Por Diana Chávez

Hace tiempo, mi mejor amigo me invitó a la boda de oro de sus abuelos paternos que vivían en una comunidad rural llamada El Agostadero. Las bodas de oro son una celebración que llevan a cabo las parejas que contrajeron matrimonio y cumplen 50 años de casados; es muy común hacer una celebración con personas cercanas a dicha pareja, así como una ceremonia religiosa según las creencias de la misma. En la boda de oro a la que fui, y en general en la comunidad que se llevó a cabo, la religión que se profesa es la católica. 

Primero se llevó a cabo una ceremonia religiosa en el templo de la comunidad. Recuerdo perfectamente la manera en que la abuela y el abuelo entraron; él vestía un traje formal y ella un conjunto color perla muy hermoso. Durante toda la ceremonia, ellos estuvieron tan serios que podría jurar que irradiaban infelicidad (más ella que él) y en ningún momento se vieron a los ojos.

Recuerdo una frase que el sacerdote dijo y que me hizo sentir esclavizada: Dios es cabeza del hombre, y el hombre es cabeza de la mujer. Nunca me sentí tan pequeña como cuando entendí que la religión que yo, las mujeres de mi familia y en general la mayoría de las mujeres de esa comunidad profesamos, nos veía como inferiores, mucho más inferiores que la altura de la costilla del hombre.

En ese momento le hice la observación a mi amigo sobre la seriedad de sus abuelos en esa ceremonia; y con un tono de resignación me contestó: -es que mi abuelo engañó muchas veces a mi abuela durante toda su vida y además era un borracho y a veces llegó a maltratarla. No pude creer lo que estaba escuchando y mucho menos la farsa de la que estaba siendo parte en esa ceremonia. Le pregunté que si su familia sabía, ¿por qué sometían a su propia madre a semejante tortura? Y él me dijo que ellos querían hacer esa celebración y que su abuela lo hacía por ellos y no por ella misma ni por su esposo.

Sentí rabia en ese instante por la manera en que era obligada a presentarse junto a su esposo, un hombre cruel, machista, violento y con el suficiente descaro de pararse a un lado de una mujer magnífica;  y tristeza, porque ella sentía la obligación de estar ahí por sus hijos y por su familia, sin embargo, se le notaba la ausencia de su alma en ese altar.

A partir de ese horrible suceso, dejé de sentirme parte de una religión que nos somete a prácticas y creencias que nos restan valor y se lo suman a los hombres o a Dios, a partir de ese día, sumé en mí misma todo lo que la iglesia no quiere ver que somos.

Carta Editorial Agosto – Lo privado es político

Por Karen Castro

¿Cuál es la distancia entre lo público y lo privado?, ¿Dónde se dibuja la línea entre nuestra vida a puertas abiertas y nuestra vida de puertas cerradas? Y ¿quien tiene derecho a vivirla? La esfera pública históricamente se ha identificado con el lado más humano, racional, lógico y sensato de nuestra especie. Como seres gregarios la especie humana ha buscado un espacio para desarrollar una vida común donde reine el bien público y los “hombres” de manera racional busquen la felicidad y el beneficio propio, camino que conduce a la civilización.

Esta última frase, espero me disculpen, está deliberadamente enmarcada en el género masculino puesto que esta, “la esfera pública”, se ha identificado histórica y casi universalmente con el hombre, en términos biológicos. Ahora bien, la esfera privada es aquella donde el “reino familiar” ocurre, familia como núcleo; es todo aquello que sostiene la esfera pública y que a puertas cerradas parece estar últimamente divorciado de lo racional y público donde se legisla la sociedad.

De esta manera históricamente este reino privado que se identifica generalmente con lo femenino, lo propio, “instintivo” y natural de la mujer, ha sido considerado casi independiente de esta vida publica, inmencionable en algunas ocasiones pero imprescindible en la práctica. Y entonces así se desarrollaron sociedades históricas, donde, universalmente esta esfera privada de puertas cerradas está asignada a la mujer para su gobernanza y enmarcada a ella en sus limitaciones. Pero lo privado también es público, porque no solo ahora sino también entonces, cuándo las abuelas de nuestras abuelas no podían soñar con nada fuera de las cuatro paredes de su casa, también entonces lo publico y su esfera afectaban profundamente a lo privado.

Lo público, que se vuelve político y que parece meter sus manos dentro de la casa, abriendo puertas y ventanas, y más lejos aún, más allá incluso de la cocina, entrando a la alcoba y legislando sobre los cuerpos de las “amas” de este intocable reino, metiendose por dentro de sus entrañas y legislando sobre sus úteros, sobre sus vellos, sobre sus mentes y sobre su identidad. Así, la esfera pública y su política han incidido históricamente no solo en lo privado para gobernarlo sino también, sobre el ser humano que la habita, -la mujer-, para restringirlo.

Lo personal está intrinsecamente afectado por lo público, lo político que se desarrolla públicamente en la esfera dominada por el hombre; y para muestra más que un botón. Mientras que lo público reina sobre lo privado parece ser que las reglas que se gestan en esa esfera reinan sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra maternidad, sobre nuestra sangre, sobre nuestra libertad y nuestra identidad como personas y al mismo tiempo parece ser que lo privado no puede salir de su esfera y llevar de la mano a un esposo o un padre a una corte con moretones en los brazos, o con la falda desgarrada.

Y así esta relación no equitativa de raíces históricas ha permitido a tantos hombres en tantas épocas defender su control sobre las casas que habitan, sobre las manos que planchan y visten y cuidan y limpian y alimentan a los hijos que algún día saldrán allá afuera y podrán decidir sobre sus cuerpos, sus vellos, sus mentes – sus hijos varones- esos hijos que tendrán derecho a esta esfera publica, que podrán legislar después sobre sus madres, hermanas, esposas e hijas y sobre las mujeres que no les deben nada también.

Pero no todo esta perdido, durante los últimos 50 años hemos traído a la esfera pública aquellos problemas que parecían escondidos bajo los muebles, las ollas, los baldes y se negaban a salir; escondidos bajo las sabanas, bajo el algodón que limpia la sangre o el maquillaje que cubre la mancha azul de vergüenza de quien no debe decir ni sentir nada fuera de casa porque no se le ha dado el derecho de hacerlo.

Hemos traido a las calles con pancartas y a los espacios públicos donde ahora convivimos en aparente igualdad con descaro nuestros cuerpos, enteros o mutilados, mallugados o intactos; hemos traído lo privado para gritar con una sola voz -que a veces son dos o tres o cuatro o ninguna, que al final entre más mejor- que lo privado es político y que nuestros cuerpos son nuestros, que nuestro útero y la sangre que sale de él también; que nuestros vellos y donde dejarlos o quitarlos están aquí sobre decision propia y que mi voz ahora aquí afuera y en alto protegerá mi derecho aquí y en casa y el de mi madre y mi hermana y mi hija y mi futura nieta y el de todas las mujeres que vienen detrás.

¿Cuántas calorías quema destruirte a ti misma?

Karen Rodríguez

A los trece años dejaste de nutrir tu cuerpo, hogar de tu alma. Menos carbohidratos, menos azúcar, menos vida. Te fuiste haciendo más delgada para ser más bella, te fuiste haciendo más delgada hasta desaparecer: Piel y huesos. Piel y huesos y dientes rotos, ojos sin brillo, uñas quebradizas, estómago vacío, corazón reseco.

“Esto es lo que tengo qué hacer”, decías. “Esto es lo que tengo que hacer para que alguien me quiera.” Y entre más pequeña seas, hay menos de ti qué odiar.

Maquillaje como máscara para ocultar tus ojeras de noches sin dormir. Maquillaje para pintarte una sonrisa bonita que de otra manera no estaría allí.

Extensiones de cabello, cera caliente, y un poco de relleno en el brassiere. Chingado, creo que hoy mi hermano me escuchó vomitar. ¿Cuántas calorías quema destruirte a ti misma?

10 de Mayo – Maternidad y Libertad

por Karen Castro

Ser madre en el siglo XXI debería de ser fácil, ¿No es así? uno esperaría un poco para sacar a los niños directamente de una probeta o encargarlos por paquetería a la cigüeña cual cuento de hadas. Sin embargo las cosas continuan siendo un poco diferentes, pareciera que las mismas cosas que aplicaron a la abuela, bisabuela y tatarabuela de mi madre aplican hoy para mi.

Mi sueño como feminista es ver a las mujeres en un rol en el que no se las etiquete por su capacidad reproductiva sino por su integridad como personas, pero pareciera que es imposible separar la maternidad de la identidad femenina, al menos aún. Me gusta pensar que llegaré algún día a ver esa visión realizada.

Espero que vivamos en un mundo donde las mujeres, y los hombres, criemos a nuestras hijas con la certeza de su valor y su integridad, con la libertad del amor propio y el orgullo, lejos de la vergüenza por sus cuerpos, con la noción de que son dignas por ellas mismas y no por su apariencia, con la certeza de que vivirán para, por y a pensar de sus decisiones y con la libertad de elegir lo que a nosotras se nos ha negado, por las mujeres que están hoy y por las que vienen, por las que han estado y se han ido y por las mujeres que serán, que la maternidad sea libre o no sea.

La maternidad, este suceso increíble con el que nos topamos en nuestros cuerpos preparados para algo inminente cada mes. La maternidad que se nos ha dado, es una oportunidad para construir, pero también es un llamado a la libertad, y yo a mi madre, a aquellas madres que, con libertad o no se han vuelto, les diría que sepan que son libres, libres de sus hijos, libres de mantener su identidad, libres de decidir por si mismas, por sus cuerpos y por su futuro.

A mi madre le diría que me gustaría que sepa que agradezco infinitamente, desde mi realidad como mujer ahora que he crecido, el sacrificio que dio ante la deconstrucción impuesta de su identidad. Porque de nosotras se espera mucho mas que ser madres, ser “devotas”, ser “entregadas” e “impasibles”, quiero agradecerle por haberme formado y que sepa también que es mucho más que mi madre, que la amo y que espero reconocerme algún día en mis decisiones desde sus enseñanzas.

Carta Editorial Mayo – Maternidades

por Luisa Carrillo

Este mes en La Ola Purpura queremos hablar de las maternidades.
Ninguna de las integrantes de este colectivo es madre, por tanto, esta carta editorial no es para hablar de nuestra experiencia siendo madres. En este cachito de la internet queremos hablar más bien de elegir no serlo.

En México, desde 2016 la Norma 046 señala que, “En caso de embarazo por violación, las instituciones públicas deberán prestar servicios de interrupción voluntaria del embarazo”, sin embargo, a pesar de estar reconocido en el marco jurídico los obstáculos para acceder a este derecho persisten.

Seguimos escuchando historias de embarazos consecuencia de violencia sexual, niñas y adolescentes embarazadas, abortos clandestinos o embarazos en los que parece “no quedo de otra”. El acceso a un aborto libre, seguro y gratuito es esencial para el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres. No es un favor, no es un debate moral, no nos están regalando nada; es un tema de salud pública y un derecho, y los derechos humanos, que quede bien claro: no se ponen a consulta, solo se reconocen y defienden.

Esperamos que pronto se ponga el tema de la despenalización del aborto en la agenda del Senado de la República. Desde acá creemos firmemente que las niñas no deben ser madres y que la maternidad debe ser deseada o no ser.

La maternidad debe ser deseada o no ser

Ah, y por si no ha quedado claro:
¡Aborto legal, seguro y gratuito para México y para toda América Latina!

A modo de posdata, si alguna quiere contarnos su perspectiva respecto a la maternidad o platicarnos de sus formas de crianza, a nosotras nos encantaría leerles.

Un cuerpo nuestro

Luis Ángel Castellanos

Los estándares de belleza occidental están tan enraizados en nuestra psicología colectiva que se convierten en expectativas personales. Como mujeres, deseamos cinturas más delgadas, pechos más grandes y rostros más afilados. Como hombres, quisiéramos bíceps más grandes, pectorales más desarrollados y abdominales bien definidos. En la mayoría de los casos, llegar a un nivel de perfección física (tomando como medidas estos estándares) es prácticamente imposible, lo que puede impactar en la vida de las personas.

Sin embargo, para muchas otras el descontento con su cuerpo va más allá. Imagina que el verano llegó, estás en la playa y te pones ese traje de baño que te encantaba. Empero, ves que no te queda como como imaginabas. No es el cuerpo que tenías en tu mente. Y te sientes mal, con incomodidad. No quieres mostrar ese cuerpo por lo que te pones un pareo o una camiseta. Imagina ahora, sentir eso de manera permanente y sin que haya prenda capaz de cubrirlo.

Romina es una simpática adolescente de 13 años. Para conocer a Romina, es necesario mencionar aquello que le gusta. Romina adora trepar árboles; siente fascinación por los insectos; hornea las mejores galletas del mundo y en la secundaria sus maquetas siempre son las mejores; es muy rápida corriendo y ninguna de sus amigas del fútbol le para un gol. Y aunque siempre ha sido muy alegre, en los últimos años, cada vez más, hay algo que parece asfixiarla. Romina odia pensar que sus papás esperan que encuentre a un buen hombre y se case. Le causa disgusto pensar en tener hijos y quedarse en casa. Aunque todos halagan su larga cabellera, en realidad a ella no le gusta tanto, y preferiría cortarla aunque fuera un poco. A Romina no le gusta su nombre, piensa que no le queda bien del todo, por lo que ha comenzado a presentarse como “Rom”, ya que siente que va mucho más con su personalidad. Tampoco se siente cómoda usando vestidos o faldas, ni ropa muy ajustada. Y ni hablar de usar esos taconcitos que le compró su mamá. No tolera ni verlos. Prefiere la ropa más sobria, de mezclilla y colores neutros y siempre ha sentido cierta añoranza por los trajes de su papá. Recientemente, además se siente muy incómoda en los vestidores y las regaderas del fútbol, y siendo honestos, lo que en realidad le desagrada es su cuerpo.

Y no es que quisiera ser más delgada, ni tener un rostro más afilado o tener pechos más grandes, sino lo contrario. Ver cómo su cuerpo cambia, cómo su silueta en el espejo se refleja cada vez más femenina la atormenta cada noche. Al verse a sí misma, no puede contener el llanto, e incluso ha tenido algunos episodios de ansiedad por los que ha tenido que pasar sola, ya que nadie la entendería. Sus compañeras de la escuela leyeron en la revista de una de sus mamás sobre la masturbación femenina y dos de ellas lo intentaron. Dijeron que se sentía bien y que debería probarlo, y aunque Romina lo ha intentado con todas sus fuerzas, no puede tocar sus genitales sin sentirse sucia, nauseabunda y con un sentimiento de enorme vacío que se convierte incluso en dolor y que ni los abrazos de su mamá pueden calmar.

Romina tiene disforia de género. Según el Manual MSD la disforia de género, es la identificación potente y persistente con el sexo opuesto, que deviene en ansiedad, depresión e irritabilidad y deseos de vivir con el género distinto al asignado al nacer. Quienes lo padecen se encuentran en un cuerpo que es incompatible con su identidad de género (Manual MSD, 2019).

Rom no necesita bajar 5 kilos, ni ir al gym o a hacerse las uñas. Rom necesita un cuerpo que coincida con su identidad. Necesita que su cuerpo, que es enteramente suyo, sea modificado, que sea arreglado y que sea adecuado para ser feliz. Hay quienes necesitan músculos, depilación o maquillaje. Pero Rom, y muchas otras, necesitan simplemente un cuerpo suyo y la dignidad de éste.

La OMS retiró en 2018 la transexualidad de la lista de enfermedades mentales, y aunque eso representa un gran paso, la sociedad sigue señalando y excluyendo a aquellos que más autonomía necesitan sobre su cuerpo. Todxs tenemos que aprender que #TransEsBello y todxs tenemos derecho a que nuestro cuerpo sea, efectivamente, nuestro.

Soy feminista y me gusta el Romance

por Cristina Toro

Como cada año, el 14 de febrero es la fecha de la celebración del amor: San Valentin.  Y nada engloba mejor los clichés románticos que esa fecha. Algunos compran flores, otros regalan chocolates en forma de corazón, firman tarjetas, envían mensajes con emojis y gifs, o mejor, hacen fila en los restaurantes y moteles. Otros -como me contó un amigo – se reúnen para hacer una “fiesta contra el amor romántico”, una especie de encuentro anti-romanticismo, y me preguntaba si el ser romántico iría en contravía de ser feminista. Ambas afirmaciones son problemáticas, por un lado, el declararse feminista, es hoy para algunos un acto subversivo, casi demoníaco, como lo es el declararse ateo, donde tienes que justificar todo el tiempo, las razones por las cuales te autodenominas feminista o comulgas con ideas feministas. Las personas (hombres y mujeres) que alguna vez te escucharon un comentario o una aclaración de género, te reclaman, te exigen coherencia, te hacen burla o subrayan tu postura cada vez que pueden, bien sea porque te pusiste labial, usaste tacón o tienes en tu playlist a Madonna o Beyoncé, o simplemente porque en el ámbito cotidiano, tu comportamiento social no refleja una postura “realmente feminista”, como si existiera una manera única y estereotipada de ser feminista que determina, desde cómo lucir, cómo hablar y hasta cómo caminar, cuando, por el contrario, en el feminismo- que no es sólo uno, sino una multiplicidad de posturas tanto teóricas como prácticas- el abanico de posibilidad es tan amplio que, creo, tiene una bandera común que las cobija: “sé lo que quieras ser, sin ataduras, siguiendo sólo tú voluntad”.

Esta máxima que me inventé y suelo repetir en distintos escenarios, parece una frase cliché y simple, pero en el fondo pretende abrir la reflexión, frente a lo importante que es el construirse a sí misma, como una tarea humana y singular. Ese construirse a la manera de una obra de arte, a la manera de “ser lo que quieras ser”, implica hacer una deconstrucción o una crítica a los esquemas que no nos lucen, que no nos caben en la piel o incomoda nuestro pensar, mirando en el entorno personal, familiar, cultural, político y económico, aquello que nos ata, a la manera de una barca con un ancla que está en la orilla de un gran mar sin navegar, en donde la voluntad parece diluirse en los convencionalismos, en el vaivén de olas que no sabemos remar o no conocemos cómo sortear. Una voluntad que requiere ser revisada, no sólo desde la razón, sino también desde el sentir, porque es en esa voluntad sentipensante donde se halla la libertad. De allí que me pregunte, ¿acaso a todas nos atan las mismas anclas y nos golpean las mismas olas? ¿acaso nos aprieta y nos talla lo mismo? por supuesto que hay puntos comunes que nos religan a todas, porque estamos -como mujeres en general- abocadas a un mismo mar, pero hay otros puntos que son tan particulares y singulares que nos distancian y eso es lo que precisamente enriquece los feminismos.

Ahora bien, ¿es el romanticismo una atadura? ¿tendría una mujer que abstenerse de celebrar San Valentín? ¿debería una “feminista” rechazar las flores, las invitaciones y despreciar los halagos? San Valentín como es, como sabemos, una celebración donde se comercializa el amor, como muchas otras celebraciones que mercantilizan las afecciones humanas en un mundo capitalista, pero el romanticismo escapa a este día, cuando se habla de romance, más bien hay una referencia a la idea caballeresca de la Edad Media, relacionada con el cortejo de aquel hombre a caballo, caballero, cuyo título, modales cortesanos y maneras retóricas, eran usados para mostrar los afectos, cariños o pretensiones amorosas a una mujer.

Esta idea, originariamente se halla en la literatura, en los romances, en esas formas poéticas que eran cantadas por juglares o que aparecen en las novelas caballerescas que hablaban del amor eterno, del amor cortés y de las hazañas para conquistar -a la manera de un territorio- a una mujer amada, estos modales o maneras eran el medio para cumplir el deseo erótico y/o para buscar emparejarse, por lo general se cumplían ciertos pasos:

1. Se contemplaba al ser amado, desde la lejanía,

2. Se pasaba a la conversación, como modo inicial de acercarse, mirarse, enviarse presentes o cartas

3. Había contacto físico sutil, como caricias y toma de la mano y

4. Se besaba como parte final del cortejo e inicio de la intimidad.

Esas “maneras” aunque hayan cambiado un poco, siguen la misma intención de la medievalidad, los medios han cambiado y quizá no hay mucha hazaña para adquirir el “trofeo” sexual del ser amado, quizá el orden haya variado y primero se da el acto sexual, luego el beso y quizá, por error o por afecto se sigue con lo demás. Pero me cuestiono, si se trata de un construirnos a nosotras mismas y de seguir nuestra voluntad, ¿no sería también un acto revolucionario el cortejar románticamente a un ser amado?, ya que las modos de objetivación de la mujer y del hombre como seres que usamos a nuestro antojo según nuestro capricho consumista y sexual, están siendo hoy parte de una lógica individualista, fría y calculada que nos distancia y abre las brechas de comunicación y de comprensión del sentir del otro, para respetarlo y no violentarlo, ¿no sería el 14 de febrero un motivo para cambiar los modos de pensar el romanticismo medieval del cortejo masculino al femenino, para dar al otro y no sólo recibir?

Esto es entonces una invitación a celebrar el amor romántico, en el sentido de vivir el erotismo, de expresar nuestros deseos, de regalar por qué no, una flor a un hombre, de dar un abrazo sincero, dar un beso apasionado, no arrodillándonos, ni esperando que se arrodillen como retratan algunas pinturas medievales del amor cortés, pero sí como un “no queriendo conquistar otros territorios masculinos”, sino respetando sus maneras diversas de masculinidad que también se hallan hoy en aguas pantanosas. Siento y pienso, que así como las luchas, las arengas, los actos públicos y políticos son importantes para expresar el inconformismo con ciertos normas morales, culturales o sociales, también desde la seducción, los afectos, desde el amor, es posible entablar relaciones horizontales y de no-dominación, desde el cariño respetuoso y sincero, desde la reciprocidad de un regalo, de un recibir y dar, de un halagar y recibir un halago, desde un compartir sin violentar. Yo soy feminista y soy romántica, creo en el amor como vehículo para luchar contra las injusticias y desigualdades, porque el erotismo, la poesía, el arte, son vías alternativas para sensibilizar, para deconstruir y hacer crítica a un mundo que demanda en vez menos violencia y exclusión y más empatía y comprensión.