Cuando aprendí de sororidad

Mariana Jasso

Dedicado a ella

Lo que nos acontece en nuestra vida privada debería ser tema en la vida pública también, porque si una una mujer vive violencia doméstica, debe preocuparnos que sus derechos no se están cumpliendo, por eso decimos que lo personal es político; por esta razón y porque de todas las situaciones, por terribles que sean, hay algo para rescatar y crecer, voy a abrir mi alma y mi corazón en este escrito que habla de cómo aprendí a practicar la sororidad.

¿Qué es la sororidad?, Es un maravilloso término que creó y difundió la doctora Marcela Lagarde, que la define en su libro El feminismo en mi vida como:

 “La sororidad es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia subjetiva de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.”. 

Es un pacto político entre mujeres para generar un bienestar y dignidad por y para nosotras, así que este espacio de eso se trata, de llevar la sororidad de la teoría a la práctica.

La sociedad y el sistema han creado disputas y enfrentamientos entre mujeres, viéndonos como objetos de consumo que se pueden “ganar” o “perder”, donde nuestra plusvalía va desde qué tanto nos arreglamos para salir a la calle hasta cómo cocinamos. También se nos ha enseñado el odio a nuestro cuerpo sea como sea, a ver nuestros defectos antes que nuestras virtudes; se nos han enseñado prácticas de auto-odio. Y es por ello, por lo que les contaré, cómo mediante una situación difícil, ella y yo logramos la sororidad y el amor propio.

Empezó todo en mayo de 2019, cuando volví a hablar con un chico con el cual había tenido una relación. Él y yo vivíamos en un constante estar y no estar desde hace tres años, pero el amor romántico a veces gana la batalla y te hace pensar que esta vez todo va a ser diferente. Pero no. Él y yo nos mensajeábamos todo el tiempo, hablábamos por teléfono cada dos o tres días y todo iba de maravilla, a pesar de la distancia porque él vive en otro estado y yo en la CDMX, pero vamos, que el amor todo lo puede ¿cierto? que a pesar de la distancia y el tiempo si es amor va a durar. O al menos eso es lo que nos dicen. 

En julio él vino de visita, nos vimos aquel martes 16 y la pasamos maravillosamente. Fuimos a un festival de flores y plantas, después lo llevé a que probara mis tacos veganos favoritos y finalmente a Parque México. Ahí, estuvimos hablando de lo que en otras ocasiones habíamos planeado: conocer lugares, viajar, tatuarnos e incluso casarnos. Pero nada de eso era cierto, al menos no para él. El 20 de julio lo volví a ver y fuimos a comer, cuando nos despedimos me dijo que probablemente esa sería la última vez que le veía, y yo le dije que claro, empezaba el semestre y con eso las tareas, los exámenes, los proyectos, etc. pero nos veríamos una vez que ambos saliéramos de vacaciones. Él sabía que no sería así. En la noche de ese sábado, un mensaje llegó a cambiarlo todo; era ella deseándome una vida feliz a lado de él y diciéndome que entre mujeres la guerra no debería ser, yo no tenía ni idea de quién era, pero bastó un rápido intercambio de mensajes para darnos cuenta de que ambas estábamos en una ilusión constante con dos meses previos de duración, ella me pidió mi teléfono y hablamos unos minutos, en los cuales lloramos, fuimos honestas una con la otra y lamentamos mucho que estuviéramos pasando por algo así de terrible. Es increíble que, con todo el dolor, la impotencia y la impresión que vivíamos en ese momento, nos hicimos fuertes una a la otra, porque a pesar de no conocernos, compartíamos más que cualquier otro conjunto de personas en ese momento en el mundo, no hacía falta hablar, las dos sabíamos exactamente por lo que estaba pasando la otra y nos limitamos a hablar bien de ambas, a recordarnos lo maravillosas que somos y que ninguna tenía la culpa de nada. Un abrazo a la distancia y la luz enviada de otro estado a CDMX y viceversa, terminó la conversación.

El día siguiente le mandé algunas imágenes que creí le ayudarían, las aceptó con amor y gratitud, hablamos de todas las promesas que teníamos con él y eran exactamente las mismas; él había abusado de nuestra confianza, nuestra entrega y nuestro amor, sin embargo, nos hicimos fuertes la una a la otra. Unos mensajes más de empatía, reconocimiento del dolor y aceptación fueron la culminación de nuestros entendimientos mutuos.

Hoy veo ese día como algo muy significativo en mi vida, no sólo aprendí donde no quiero estar y cómo no quiero ser tratada, sino que también viví un proceso maravilloso con alguien que estaba viviendo lo mismo que yo y que, a pesar de que a ambas nos rompieron el corazón al mismo tiempo, decidimos no lastimarnos entre nosotras aún más, nos abrazamos con feminismo y aceptación, creamos una corta pero fuerte relación basada en esa sororidad de la que hablábamos, y para mí eso también es un acto de rebeldía al sistema. 

Pienso que, si alguna de las dos no hubiéramos tenido esta conciencia feminista, la situación que hoy escribo sería muy distinta, así que agradezco estar en este contexto de conocimientos y auto cuestionamientos que nos hacen reivindicar las relaciones entre mujeres. Qué maravilla poder ser feminista y reconocer cuando no fue tu error ni el de ella.

Ojalá quien lea esto no pase jamás por un proceso de engaño, pero si es así, que se construya desde otros espacios, porque, ver las cosas con feminismo y empatía, hizo que la sanación fuera más sencilla y rápida. Ojalá reivindiquemos el amor y las relaciones de género y ojalá luchemos todos los días porque las mujeres tengamos una vida digna.

Que el amor propio nos cuide y nos cure.

Gracias a las mujeres que lucharon para que hoy pudiera escribir.

Gracias a ella. 

Gracias a la vida.

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