Día a día

Karen Rodríguez


Vivimos con el pesar bordado detrás de los ojos.
Siempre procurando evitar
la ropa que te mantiene fresca en el verano
por temor a provocar, a escuchar ese
¡ella se lo estaba buscando!
que se fermenta en las gargantas de los solapadores.

Procurando evitar también
los callejones obscuros
por temor a estar en el lugar equivocado
en el momento equivocado.
Pero, ¿qué se hace cuando la ciudad se siente
como un laberinto de callejones obscuros?
No, no intentes cambiarte de ciudad. No hay caso.
Es una sensación inherente.

Luchando por esos “no”
que no fueron escuchados,
por esos cuerpos allanados,
por desalojar desde la raíz
la vergüenza que se nos enseñó a sentir.
La maldita culpa.
El repugnante vacío.

Un, dos, tres por mí
y por todas las historias de violencia que se esconden
(o al menos eso se pretende)
en lo más profundo de nuestra memoria.
Por todas las mujeres con la voz valiente
y las que siguen juntando el valor
para no quedarse calladas.

Hermana, yo te creo.

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