El placer radical de estar sola

Marisa Orozco

Lo que diré a continuación ha sido la revelación más inquietante y liberadora que he tenido en esta cuarentena: lo que actualmente me quita el sueño (en su connotación romántica) es el hecho de que nadie me quita el sueño. Así de simple y llano, la soledad conyugal en su máxima expresión.  La última vez que me sentí así fue cuando tenía once años y mi único interés en la vida consistía en regresar de la escuela a mi casa para leer Harry Potter. 

Mis días, actualmente se resumen a la búsqueda incansable de empleo, a quejarme de la situación política y social del país en redes sociales, y a escribir para exorcizar mis demonios, mientras me acabo las botellas de vino tinto que mi mamá guardó como recuerdo de la boda de mis hermanas, ellas aún no lo saben, solo espero que algún día me perdonen por tomarme el souvenir de la fecha más importante de sus vidas. 

Las cosas no siempre fueron así, desde los doce años, y bajo el influjo de los cambios hormonales, me la vivía enamorada del amor. Desde esa corta edad, elegía aleatoriamente seres totalmente inalcanzables para entregarles mi inocente pasión, casi siempre personajes de un libro, como Mr. Darcy, o el futbolista del momento, por más feo que estuviera; a veces, cuando quería ser más osada, me enamoraba del adolescente popular que se colaba a todas las fiestas de quince años, de mi amigo gay que aún no salía del closet, o de mi profesor de física que olía a recién casado y que creía, inocentemente, en el sistema educativo tradicional como principal promotor de la ciencia. 

Por varios años viví así, inventándome amores platónicos que me mantuvieran en el juego del amor romántico, ese al que la sociedad nos enseña a creer con los ojos cerrados como al Niño Dios o a la democracia. Eso terminó cuando me enamoré de un par de personas reales, hombres con defectos y carencias como las mías, ahí fue cuando recibí la cruda y aleccionadora bofetada de la realidad. Estaba tan acostumbrada a enamorarme de ideales que, cuando la fantasía llegó a su fin, me quedé totalmente desarmada, nadie me había enseñado a lidiar con la vida en pareja y mucho menos con la pérdida que implicaría entregar mi amor a alguien cuyos estándares afectivos estuvieran muy por debajo de los míos. 

Eso pasa muy a menudo, ya que a la juventud nunca se nos habla del amor sin fantasías, mucho menos del amor propio. Nadie nos advierte de la violencia o del abuso que se puede vivir en el noviazgo más allá del maltrato físico, no se nos enseña a defender nuestra dignidad, o de la importancia de buscar nuestra felicidad antes de pensar en compartir nuestra vida con otra persona, y menos a las mujeres. A nosotras se nos piensa siempre en plural; a nosotras se nos niega el placer radical de estar solas. 

La soledad de una mujer está mal vista, aún en nuestros tiempos “modernos”, y peor tantito si vives en una sociedad tan cerrada y tradicional como la tapatía. El estigma de “la mujer sola” me llevó a ser adicta a los amores ficticios, como una forma de aferrarme a una esperanza que ni siquiera yo entendía, pues nunca me había detenido siquiera a pensar si tener pareja era algo que realmente deseaba.

Después de aprender, a la mala, que el amor romántico es la mayor falacia de nuestros tiempos, decidí parar por completo y cerrar para siempre la fábrica de amores platónicos. En ese momento me di cuenta que cuando las mujeres decidimos vivir en soledad se nos encasilla a dos opciones: a ser la tía quedada (a la que comúnmente se atribuyen adjetivos como frustrada, resentida o traumada), o la lesbiana de closet. Traté ser la lesbiana, pero fracasé, mis amigas están de testigo; así que creo que me quedaré con ser la tía quedada, lo cual es sumamente divertido si sabes gestionarlo sabiamente.

Así llegué a este punto, soy la tía treintona quedada (con todos los adjetivos que eso conlleva) y me encanta. Por eso escribo este texto, para decirte que, si eres mujer treintona y soltera, sepas que no estás sola, habemos más treintonas solas por decisión en el mundo, mujeres que estamos tratando de encontrarle un sentido más profundo a nuestra existencia, uno que vaya más allá de elegir un vestido de novia o de decidir el número de hijos que queremos tener. 

Y no digo que casarte y tener hijos no sea válido o benévolo, al contrario, estoy convencida que la vida en pareja y, sobre todo, la maternidad son de las cosas más retadoras y difíciles que existen, sin embargo, ir contra corriente es solo para valientes. Te comprendo y aplaudo tu decisión, no hay nadie más valiente que la mujer que goza y defiende su soledad. 

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