El voto de silencio

Por María Isabel Orozco Rodríguez

Dicen que las familias son cíclicas, que las personas estamos destinadas a repetir los patrones de nuestros ancestros una y otra vez, como si estuviésemos en un bucle infinito que nos marca la pauta del destino. También, dicen que en toda familia hay una generación que rompe con esos ciclos y cambia el rumbo familiar para siempre. 

Antes creía que mi familia era perfecta, el tipo de familia al que todo mundo quiere pertenecer, grande, unida y ruidosa. Una familia altamente festiva y alegre, compuesta por personas muy diversas, pero que coinciden todas en un mismo sentimiento de cariño. Mi familia es así, no puedo negarlo, sin embargo, esa es solo su cara más bonita y superficial. 

Debajo de tanto ruido, en mi familia se esconde un silencio sepulcral que nos mantiene repitiendo las mismas historias una y otra vez. Nuestro bucle infinito es el maltrato a las mujeres, sostenido por un voto de silencio transgeneracional, del que aún no hemos podido salir del todo. Eso lo aprendí a la mala, del modo como se adquieren las lecciones que te cambian la vida. 

Yo, al igual que otras mujeres de mi árbol genealógico, caí en una relación sentimental donde viví violencia psicológica y emocional, no por mensa ni por ingenua, sino por no tener la información suficiente sobre cómo detectar el abuso en el noviazgo. Mi ex pareja en cuestión, no era un monstruo ni un psicópata, era un hombre que se podría considerar normal, pero cuyos parámetros de amor implicaban la destrucción paulatina de la autoestima de su ser amado, algo que es muy común en nuestra sociedad y de lo que se habla poco. 

Ya he escrito mucho sobre mi testimonio, de cómo lo que comenzó como cuento de hadas al poco tiempo se transformó en thriller psicológico, sin embargo, no quiero parar de hacerlo, porque cuando el maltrato no se pronuncia no hay forma de prevenirlo, y mi deseo es que esa historia jamás se repita, ni en mí, ni en las mujeres que vienen detrás. Por eso repito constantemente que el amor y el control son palabras antónimas; que, quien te ama, no busca cambiarte ni física ni emocionalmente; que no está bien que tu pareja te desee el sufrimiento o el fracaso; que nadie tiene derecho a burlarse de tus sueños o aspiraciones, ni mucho menos a sobajarte para inflar su ego; que tu pareja no es tu competencia, y si te hacen sentir así es mejor huir; y lo más importante, que alguien que te hace creer que no eres merecedora de amor, definitivamente, no te ama. 

El abuso que no es físico es de los más destructivos y de los más difíciles de detectar. Todos y todas aprendemos a relacionarnos en comunidad bajo parámetros altamente misóginos, el machismo está impregnado en lo más profundo de nuestro ser, y es nuestro reto detectarlo y deconstruirnos poco a poco. Pero, sobre todo, es preciso que las mujeres hablemos sobre la violencia que vivimos, pronunciar nuestros testimonios y romper el silencio al que nos hemos visto sometidas por tantas generaciones.   

Ahora entiendo que, tal vez, si yo hubiera conocido las heridas de mis ancestras hubiera tomado más precauciones en mis pasadas relaciones. Lamentablemente no fue así, y cuando hice conciencia de todo esto, ya era demasiado tarde. Sé que mi historia no ha sido la única ni la peor que se ha visto en mi familia, pero lo que viví me bastó para entender que el silencio es el mejor aliado del odio hacia la mujer y que, juntos, nos mantienen repitiendo los mismos patrones violentos una y otra vez.  

A veces, me gusta pensar que formo parte de la generación que rompe con los patrones familiares, me gusta pensarlo así porque eso da sentido a mis cicatrices. Quiero comenzar una nueva etapa en mi vida, pero esta vez sin el voto de silencio, quizá yo no vaya a cambiar el destino de mi familia, pero definitivamente voy a redirigir mi propia historia y eso ya es mucho, al menos para mí y para las que vendrán después.  

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