La construcción del Género y su lazo con el Arte

Lía Quezada

De acuerdo con Luciano Gallino, en la sociología del arte tejida por Max Weber y Pitirim Sorokin, la luz reposa sobre la dimensión semántica de la danza entre la obra y la cultura de la que brota. Así, el arte es concebido como un espejo simbólico de la conciencia social, un inacabable diálogo entre espectador y obra. Repasar la historia del arte es repasar nuestra historia ideológica y sensorial.

Podemos entonces reconstruir, por ejemplo, el código cultural que es el género hojeando un libro de arte. A partir de las pinturas, se empieza a dibujar en nuestra mente la imagen de lo femenino; ¿qué vemos? Su lugar en la familia, su interacción con lo masculino, las vivencias denominadas típicas de su sexo, pieles suaves y colores cálidos. La escritora feminista Siri Hustvedt lo denuncia: “la historia del arte está llena de mujeres que yacen desnudas para el consumo erótico de los hombres. Esas mujeres resultan en su mayoría poco amenazadoras, ¿no?”

El concepto alemán einfühlung originalmente significó nuestra forma de sentirnos en el arte, de reconocernos en la obra enmarcada; la codificación de lo femenino y masculino en esquemas metafóricos implícitos por la que todos pasamos, ¿no es creada a partir de lo que vemos? ¿No es así como dividimos al mundo por mitad? De este interaccionismo simbólico ha de surgir mi género; del espejo ajeno, del cúmulo de ideas de mi época. Pero como declara Simone de Beauvoir, “no se nace mujer: se llega a serlo”, y cuestionar la sintaxis creada por un mundo patriarcal y falocéntrico se ha convertido en parte de ello.

Incluso fuera de los óleos el género es restringido además por las políticas internas del arte. Nadie duda de la función del crítico para orientar el gusto y alimentar al mercado, o de que la didáctica del arte en las escuelas dependa de las ideologías del gobierno y de la oposición. La inclusión y exclusión está pues, socialmente condicionada. Como explica Hustvedt, “a las mujeres artistas se les mete en cajas de las que les cuesta salir. La caja tiene el rótulo «arte femenino». […] El hombre es la norma, lo universal. La caja del hombre blanco es el mundo entero”.

En su libro Why So Slow? The Advancement of Women, la psicóloga y lingüista Virginia Valian discute las ideas inconscientes del género que nos hacen sobrevalorar los logros de los hombres e infravalorar los de las mujeres. La obra por la que más se ha pagado es un nogal atribuido a Leonardo da Vinci ($450.3 millones de dólares); el récord de una mujer es de $44.4 millones por un lienzo de Georgia O’Keeffe. Diez veces menos. Y el arte contemporáneo no ha dejado esta discriminación sistémica: un Rothko por $86.9, una araña de Louise de Bourgeois por $10.7.

¿Que un cuadro pintado por un hombre valga muchas veces más que uno por una mujer significa simplemente que éstos han hecho, históricamente, un mejor trabajo? ¿O la situación es más compleja?

Hustvedt, como sujeto trasdisciplinario, abre los ojos a un feminismo interseccional donde no haya respuestas concluyentes sino múltiples perspectivas que desafíen los estáticos supuestos del rígido modelo del género. Una perspectiva única del feminismo no nos sirve(1); es sólo desde la multiplicidad que podremos vivir la aventura de ser.

 

(1)Eso se lo escuché a una representante indígena del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, durante el diálogo “Entre Nos-Otras: fortalecimiento de mujeres políticas” en La Ocupación, agosto del 2017. En su ponencia, Lupita invitó a replantear los esquemas que nos dicen que sólo hay una forma de ser mujer, y por lo tanto una sola forma de feminismo.

Esta fotografía es mi reinterpretación del Origen del Mundo (1886) de Courbert.

Lo que hay entre mis piernas no lo determina el exterior; lo decido yo. Ha de brotar libre, silvestre, mío.

 

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