Soy feminista y me gusta el Romance

por Cristina Toro

Como cada año, el 14 de febrero es la fecha de la celebración del amor: San Valentin.  Y nada engloba mejor los clichés románticos que esa fecha. Algunos compran flores, otros regalan chocolates en forma de corazón, firman tarjetas, envían mensajes con emojis y gifs, o mejor, hacen fila en los restaurantes y moteles. Otros -como me contó un amigo – se reúnen para hacer una “fiesta contra el amor romántico”, una especie de encuentro anti-romanticismo, y me preguntaba si el ser romántico iría en contravía de ser feminista. Ambas afirmaciones son problemáticas, por un lado, el declararse feminista, es hoy para algunos un acto subversivo, casi demoníaco, como lo es el declararse ateo, donde tienes que justificar todo el tiempo, las razones por las cuales te autodenominas feminista o comulgas con ideas feministas. Las personas (hombres y mujeres) que alguna vez te escucharon un comentario o una aclaración de género, te reclaman, te exigen coherencia, te hacen burla o subrayan tu postura cada vez que pueden, bien sea porque te pusiste labial, usaste tacón o tienes en tu playlist a Madonna o Beyoncé, o simplemente porque en el ámbito cotidiano, tu comportamiento social no refleja una postura “realmente feminista”, como si existiera una manera única y estereotipada de ser feminista que determina, desde cómo lucir, cómo hablar y hasta cómo caminar, cuando, por el contrario, en el feminismo- que no es sólo uno, sino una multiplicidad de posturas tanto teóricas como prácticas- el abanico de posibilidad es tan amplio que, creo, tiene una bandera común que las cobija: “sé lo que quieras ser, sin ataduras, siguiendo sólo tú voluntad”.

Esta máxima que me inventé y suelo repetir en distintos escenarios, parece una frase cliché y simple, pero en el fondo pretende abrir la reflexión, frente a lo importante que es el construirse a sí misma, como una tarea humana y singular. Ese construirse a la manera de una obra de arte, a la manera de “ser lo que quieras ser”, implica hacer una deconstrucción o una crítica a los esquemas que no nos lucen, que no nos caben en la piel o incomoda nuestro pensar, mirando en el entorno personal, familiar, cultural, político y económico, aquello que nos ata, a la manera de una barca con un ancla que está en la orilla de un gran mar sin navegar, en donde la voluntad parece diluirse en los convencionalismos, en el vaivén de olas que no sabemos remar o no conocemos cómo sortear. Una voluntad que requiere ser revisada, no sólo desde la razón, sino también desde el sentir, porque es en esa voluntad sentipensante donde se halla la libertad. De allí que me pregunte, ¿acaso a todas nos atan las mismas anclas y nos golpean las mismas olas? ¿acaso nos aprieta y nos talla lo mismo? por supuesto que hay puntos comunes que nos religan a todas, porque estamos -como mujeres en general- abocadas a un mismo mar, pero hay otros puntos que son tan particulares y singulares que nos distancian y eso es lo que precisamente enriquece los feminismos.

Ahora bien, ¿es el romanticismo una atadura? ¿tendría una mujer que abstenerse de celebrar San Valentín? ¿debería una “feminista” rechazar las flores, las invitaciones y despreciar los halagos? San Valentín como es, como sabemos, una celebración donde se comercializa el amor, como muchas otras celebraciones que mercantilizan las afecciones humanas en un mundo capitalista, pero el romanticismo escapa a este día, cuando se habla de romance, más bien hay una referencia a la idea caballeresca de la Edad Media, relacionada con el cortejo de aquel hombre a caballo, caballero, cuyo título, modales cortesanos y maneras retóricas, eran usados para mostrar los afectos, cariños o pretensiones amorosas a una mujer.

Esta idea, originariamente se halla en la literatura, en los romances, en esas formas poéticas que eran cantadas por juglares o que aparecen en las novelas caballerescas que hablaban del amor eterno, del amor cortés y de las hazañas para conquistar -a la manera de un territorio- a una mujer amada, estos modales o maneras eran el medio para cumplir el deseo erótico y/o para buscar emparejarse, por lo general se cumplían ciertos pasos:

1. Se contemplaba al ser amado, desde la lejanía,

2. Se pasaba a la conversación, como modo inicial de acercarse, mirarse, enviarse presentes o cartas

3. Había contacto físico sutil, como caricias y toma de la mano y

4. Se besaba como parte final del cortejo e inicio de la intimidad.

Esas “maneras” aunque hayan cambiado un poco, siguen la misma intención de la medievalidad, los medios han cambiado y quizá no hay mucha hazaña para adquirir el “trofeo” sexual del ser amado, quizá el orden haya variado y primero se da el acto sexual, luego el beso y quizá, por error o por afecto se sigue con lo demás. Pero me cuestiono, si se trata de un construirnos a nosotras mismas y de seguir nuestra voluntad, ¿no sería también un acto revolucionario el cortejar románticamente a un ser amado?, ya que las modos de objetivación de la mujer y del hombre como seres que usamos a nuestro antojo según nuestro capricho consumista y sexual, están siendo hoy parte de una lógica individualista, fría y calculada que nos distancia y abre las brechas de comunicación y de comprensión del sentir del otro, para respetarlo y no violentarlo, ¿no sería el 14 de febrero un motivo para cambiar los modos de pensar el romanticismo medieval del cortejo masculino al femenino, para dar al otro y no sólo recibir?

Esto es entonces una invitación a celebrar el amor romántico, en el sentido de vivir el erotismo, de expresar nuestros deseos, de regalar por qué no, una flor a un hombre, de dar un abrazo sincero, dar un beso apasionado, no arrodillándonos, ni esperando que se arrodillen como retratan algunas pinturas medievales del amor cortés, pero sí como un “no queriendo conquistar otros territorios masculinos”, sino respetando sus maneras diversas de masculinidad que también se hallan hoy en aguas pantanosas. Siento y pienso, que así como las luchas, las arengas, los actos públicos y políticos son importantes para expresar el inconformismo con ciertos normas morales, culturales o sociales, también desde la seducción, los afectos, desde el amor, es posible entablar relaciones horizontales y de no-dominación, desde el cariño respetuoso y sincero, desde la reciprocidad de un regalo, de un recibir y dar, de un halagar y recibir un halago, desde un compartir sin violentar. Yo soy feminista y soy romántica, creo en el amor como vehículo para luchar contra las injusticias y desigualdades, porque el erotismo, la poesía, el arte, son vías alternativas para sensibilizar, para deconstruir y hacer crítica a un mundo que demanda en vez menos violencia y exclusión y más empatía y comprensión.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Dalia, todo nuestro contenido está pensado para abrir un espacio de dialogo donde todas las voces puedan conciliarse.

  1. La lucha feminista no riñe con lo romántico. Las personas crean signos, espacios y tiempos para que se desvelen y expresen las sensibilidades más profundas que anidan en el ser. ¡ ADELANTE!

    1. Muchas gracias por tu comentario Miguel, nos alegra que nuestro contenido incite al dialogo donde creemos podemos encontrar voces distintas que aporten a la lucha feminista.

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