Un ideal incompleto

“Su emancipación hará posible que la mujer sea un ser humano
en el verdadero sentido. Todo dentro de ella que reclama
reafirmarse y actuar podrá llegar a su máxima expresión;
todas las barreras artificiales serán destruidas,
y el camino hacia la máxima libertad será limpiado
de cualquier rastro de siglos de sumisión y esclavitud”
—Emma Goldman

Lía Quezada

Dicen los psicoanalistas que la madurez y la superación del narcisismo van de la mano, pero, ¿se ha parado alguien a preguntarse si el sentimiento de autosuficiencia infantil se resquebraja no porque nos hallemos inferiores, sino porque el mundo no para de decirnos que nos falta una mitad?

Tanto Emma Goldman, como Susana Gómez Nuño denuncian la inoculación patriarcal en las niñas que coloca en ellas al matrimonio como su más alta aspiración, su más grande anhelo. El mito cada vez más deforme las hace creer que una pareja es lo que cubrirá todas sus necesidades, y de esta forma se ven obligadas a ceder una parte de ellas para asegurar el amor del otro.

En la bibliografía psicoanalista, Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis explican que en el ideal del yo, Freud ve un modelo al cual el sujeto aspira adecuarse y cae en ocasiones a colocar en ese lugar al sujeto amado, dependiendo hipnóticamente de él. María Paulina Mejía teoriza sobre cómo el yo hará todo por creerse merecedor del cariño del sujeto idealizado.

En este duelo entre el ser y el deber ser, tanto los hombres como las mujeres se ven obligados a adoptar la serie de prescripciones que la sociedad actual ha decidido como formas válidas de disponer de sí; piensan que será más fácil embonar en el molde impuesto. Un poder afectivo para ellas, un poder racional para ellos: los posicionamientos dicotómicos dominador/dominado impuestos por la sociedad heteronormada y patriarcal perpetúan una desigualdad sistémica, aparentemente inercial.

Lo peor es que muchas veces no nos damos cuenta. Hemos internalizado el dispositivo, lo llevamos en nuestro cuerpo, lo transmitimos y perpetuamos cada que nos reímos, incómodas, por un chiste sexista; cada que sucumbimos a la demanda de educar a un varón sobre nuestra lucha, cada que le decimos a una pequeña que si un niño la molesta es porque la quiere.

El amor de pareja comercializado por producciones cinematográficas y demás medios de comunicación es, además, una estructura individualista —de esas que tanto le gustan al capitalismo— encerrada en una ilusoria utopía que, como dice Susana Gómez Nuño, “no cree en la lucha contra las injusticias y las desigualdades, tan solo busca evadirse”, donde el mundo lo construyen dos indisolubles integrantes, donde el amor se reduce a estabilidad económica.

Construir la colectividad sin dejar de ser una, deconstruir la supremacía del amor como única meta, afirmarnos no sólo como seres sexuales sino igualmente como humanas, compañeras, camaradas: esa será, según Emma Goldman, “la base sobre la cual la masa y el individuo, la verdadera democracia y la verdadera individualidad, el hombre y la mujer, pueden unirse sin antagonismos y resistencia”.

La supervivencia de la especie no puede continuar erigida sobre la sumisión y maquinización de la mitad de la misma. Con la utopía como motor evolutivo, el nuevo paradigma amoroso habrá de articularse bajo el signo de la igualdad y el respeto para volverse transgresor y subversivo, revolucionario en cada paso. Termino con Goldman: “si el mundo es capaz de dar a luz un verdadero compañerismo y una unidad, el amor, no el matrimonio, será el único creador”. El amor será libre o no será.

Notas al pie:
1. Explica Cecilia Winterfox que “a pesar de los cientos de recursos sobre el tema de que podría, al igual que el resto de nosotras, echar mano y leer, el Wey Chido espera que las mujeres paren lo que están haciendo para, en lugar de ello, compartir sus experiencias de opresión y contestar a sus preguntas. Irónicamente, el Wey Chido no es consciente de que al demandar de las mujeres que desvíen sus energías para satisfacer de forma inmediata sus caprichos, está reforzando las dinámicas de poder que supuestamente busca comprender”.
2. “Sí, el amor es libre; no puede vivir en otra atmósfera. En la libertad se entrega sin reservas, abundante, total. Cuando el amor echa raíz no hay leyes, ni estatutos, ni tribunales en el universo capaces de arrancarlo del suelo” (Goldman, 1977:43).

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